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Mi ideal
Ramón Blasco
19
Yo quiero una mujer divina y pura cual los tintes de plácida alborada, una mujer de lánguida mirada do se refleje un cielo de ventura. Un ángel de ilusión y de hermosura; de blonda cabellera perfumada, de sonrisa sutil y enamorada como la brisa que fugaz murmura. Bella como la aurora de los mares; de la inocencia y la virtud tesoro; que me arrulle en dulcísimos cantares, que llore entre mis brazos si yo lloro, que comparta conmigo mis pesares, y que me adore como yo la adoro.
Sonrisa griega
Nicolás Arnao
19
Si es mi estilo cansado o ya rumioso, es mío solo porque a nadie imito, y a la verdad, señores, no permito que me titulen versador famoso. Si lo hago mal, pues, nada es asombroso, y peor fuera que a tijera adscrito, presentara un poema muy bonito y me dijeran: ¡anda, mentiroso! No vayas a esconderte en el Parnaso buscando sombra de árbol corpulento, porque mil y uno más, verás al paso, que saben más que tú tan viejo cuento Y te dirán con su sonrisa griega: «¡Anda bobón, tu lira ya no pega!»
A Gallo en fiambre
Felipe Pardo y Aliaga
19
Es ancha, es larga, es mal formada, es honda, la nariz de que voy a darte informe Ancha: no puedes su extensión disforme recorrer en un día a la redonda Larga: en las nubes no dirás que esconda mejor su cumbre el Chimborazo enorme Mal formada: no es fácil que te forme símil que a su estructura corresponda Honda: no lo fue más la hoya romana, do lanzarse uno solo entre millares osó con fortaleza sobrehumana Mas compara por temas singulares el pueblo a un colmenar cada ventana, y la llama NARIZ DE COLMENARES
A Rafael María Mendive
Enrique Gronlier
19
Como brilla una estrella silenciosa cuando termina el espirante día, como exhala una dulce melodía errante el ave de mi patria hermosa; cual esparce su olor la suave rosa, como suena en un arpa la armonía del alma que en feliz melancolía la vida no apetece bulliciosa Así tu canto, como arroyo lento me duerme ledo en el tendido llano, es música feliz del sentimiento; porque al oírte, trovador cubano, me parece un Edén tu pensamiento poblado por tu genio soberano
El antifaz
Ricardo Cester
19
Sarcasmo horrible, sociedad maldita, farsa irritante, hipócrita finura; por todas partes la mentira impura, triunfante el vicio, la verdad proscrita. ¿ A qué el disfraz, cuando tras él palpita ficción más necia y opresión más dura? ¡Cuando es el rostro en la mortal criatura disfraz del alma que jamás se quita! Se miente con sonrisa aduladora que odio envuelve, cual víbora rastrera, que fingiendo besar muerde traidora Y al decir la verdad franca y sincera se oculta el rostro que el rubor colora ¡Cual si oprobio y baldón la verdad fuera!
A S. M. La reina Isabel II en su visita a la Itálica
José Lamarque de Novoa
19
Si renombre inmortal brinda la historial rey que con aliento sobrehumano en conquista sin fin alcanza ufano el preclaro laurel de la victoria; más noble y digno aplauso a la memoria ofrece del egregio soberano que abre a la ciencia, con propicia mano, fácil camino al templo de la gloria Por ti, oh Reina, cual astro peregrino, la antorcha del saber brilla fecunda: Tú engrandeces de Itálica el destino. Así bella aureola te circunda y hoy de Trajano al par y Elio divino álzase el nombre de Isabel Segunda.
Tristeza
Manuel del Palacio
19
Dentro de mí te escondes enemiga, y mi aliento envenenas con tu aliento; tú conviertes en pena mi contento, y mi reposo cambias en fatiga. Cual madre que rencor tan sólo abriga, nutres mi corazón de sentimiento; pero mi voluntad vence tu intento, y tu constancia mi dolor mitiga. Cruel eres conmigo y yo te amo; soy de ti tan celoso, que quisiera del mundo a las miradas esconderte; cuando de mí te ausentas yo te llamo, sin ti mi vida el ocio consumiera, por ti pienso en la gloria y en la muerte.
La poesía
Armando J. Alba
19
¡Todo lo soy! Cuando mi luz se mira temblando sobre el lienzo, soy pintura, si palpito en el mármol, escultura, y música en el ritmo que suspira Soy el ensueño que al poeta inspira, vivo, canto y esplendo en la Natura, me sumerjo en el mar de la amargura y de cada dolor forjo una lira. Soy belleza y verdad, fiat esplendente que brotando del verso Omnipotente canto el grandioso e inmortal poema que dio vida y belleza al Universo Brillo en las almas y en la luz del verso me remonto hasta Dios, verdad Suprema.
El alma de la fuente
Luis Castillo Ledón
19
Como símbolo fiel de la tristeza que llevo retratada en el semblante, hay una vieja fuente que incesante al pie de mi ventana llora y reza Tiene un caudal de insólita terneza su oración de novicia claudicante, y escucho en su lamento sollozante el alma de un dolor todo flaqueza Por el pico de un cisne alabastrino, rimando al aire lacrimoso canto, lanza un chorro potente y cristalino. Después, el agua, cae en su quebranto por las copas de bronce florentino, hasta el tazón que se desborda en llanto.
Al dolor – I
José María de Aguirre
19
No aceches cauteloso y traicionero: ya sentí tu pisar en pos del mío, ya tu aliento aspiré morboso y frío, no te escondas dolor que ya te espero. Me he parado a esperarte en el sendero; yo te conozco ya y en ti confío, cuando no vienes tú viene le hastío, y entre el hastío y tú, yo te prefiero ¡Cuántas veces el alma desolada presintió tu venida y cuántas veces sintió después tu sorda dentellada! Al sabor de la copa que me ofreces hace tiempo que el alma está avezada: tráela, pues, que la apure hasta las heces
¡Oh, qué dulce es amor...
Manuel Justo de Rubalcava
19
¡Oh, que dulce es amor cuando comienza! Pero que amargo es y denegado, qué fiel, qué libre, injusto, osado cuando cumplido su apetito piensa! Mira sin atención la recompensa y todos los favores que ha logrado los borra con olvido descuidado, cuando no los iguala con la ofensa Lo más querido ve con repugnancia, de lo que pudo apenas evitarme por ser cuasi tu amor duro despecho No apures, no, Roselia, mi constancia, que si pretendes pérfida olvidarme repara bien el daño que me has hecho
Voz amiga
Enrique Menéndez Pelayo
19
Junto a esa fuente que en la sierra brota pasara yo la vida que me resta en una dulce, interminable siesta, nunca por el afán ni el tedio rota. Y al blando son de la canturia ignota con que huye el agua por la verde cuesta, apurara, tendido en la floresta la paz que va disuelta en cada gota Parece que en la voz de sus cristales prendieron, aguardando mi venida, las voces más amadas y leales: la palabra de Dios que en todo anida, el dejo de los cantos otoñales y del amor la queja dolorida
A todos
Luz Gay
19
Como el suave rumor de las cascadas cuyo raudal fecundo y cristalino desciende en agitado torbellino de las fértiles cimas encumbradas, regando las llanuras asoladas, para que con su germen argentino reverdezca el arbusto mortecino y renazcan las flores agostadas; así llegan a mí las rumorosas cadencias de las frases generosas vertidas en obsequio de mi númen; nutriendo mi abatida fortaleza para resucitar de la tristeza el desmayo mortal que me consumen
Despertar
María Alicia Domínguez
19
En aquel bosque en flor junto a la fuete yo era de bronce Los ocasos de oro fulgiendo en mí, volcaban su tesoro sobre las aguas, en un fuego ardiente Yo era insensible al aire azul y al coro de las ninfas del bosque y al silente espíritu nocturno que en mi frente prendía gemas de rocío y lloro ¿De dónde, en alas de la sombra, vino a mí, diciendo, aquella voz extraña: «¿Dormida está en el mundo floreciente?», abierto el horizonte en mi destino se despertó mi endurecida entraña y me puse a llorar sobre la fuente.
Anhelos
Rodolfo Castaing
19
En la copa nevada de un jazmín, donde el aura conviértese en rumores, un trono han fabricado a sus amores, dos gorriones que habitan el jardín. Cuando el sol al perderse en el confín baña a la planta en suaves resplandores, ilumina un idilio entre las flores, cuyo ensueño de amor no tiene fin ¡Deliciosa visión la de ese nido columbrado a los rayos del ocaso! ¿Lograré yo, después de haber vivido resignado al capricho del acaso, encontrar para siempre convertido de amor en casto nido tu regazo?
Sin esperanzas
Juan J. Geada
19
Desde los más profundos abismos de la vida yo te invoqué mil veces; y mil veces mi afán fue para mis anhelos la estrella bendecida que fulguró un instante con dulce fulgurar. ¿Por qué no te levantas, flor de mis pensamientos, y vienes con tus ósculos de esperanza y de fe, a darme lo que en vida me dieron tus alientos y a nutrir de ilusiones mis ansias del ayer? ¡Muerta querida, lejos de ti la vida mía se deshoja cual mustia Rosa de Alejandría sangrando gota a gota mi amante corazón! Y en vano es que te implore, si no has de volver nunca El soplo de tu muerte dejó en mi alma trunca la flor de la esperanza y el iris del amor.
Tempestad
Pedro de Lara
19
Se oscurece la faz del firmamento; ruge con furia la tormenta airada; se oculta la avecilla en la enramada que azota audaz el huracán violento, y se anega la tierra en un momento; y suspira la flor, ya deshojada, al ver que sin piedad es arrastrada al arroyo que corre turbulento. Aterrado, en su hogar, el campesino santa oración con ansiedad murmura para aplacar al Hacedor divino, y la luz del relámpago fulgura, y el rayo asolador se abre camino entre las sombras de la noche oscura
Al partir para Cuba en la expedición del Bermuda
Félix R. Lahouet
19
Reina en mi patria el despotismo impío y siendo muerte o triunfo la divisa truca tu llanto en celestial sonrisa que antes es Cuba que tu amor, bien mío En alas del deber mi amor te envío porque ya el golpe del reloj me avisa que tengo que partir, y darme prisa si no quiero llegar tarde al navío Servirá tu pasión cielo adorado de inconsciente sostén al despotismo atándole las manos a un soldado Déjame pues, partir, que del abismo saldré volviendo a ti dignificado por el fuego inmortal del patriotismo
En tu álbum de enlutada
Francisco Lles
19
¡Oh, mañanas de sol! Cómo reía sobre el campo su luz; qué bien se estaba en el viejo portal donde callaba todo, por oír tu voz, amada mía! ¡Qué deleite en el beso que solía a tu descuido hurtar; como saltaba de gozo el corazón, cuando pensaba que el presente jamás se acabaría! Algo dieron de ti que te han cambiado; mas siempre noble y buena, has encontrado que es mejor alejarte que ofenderme; y en el dolor profundo a que te entregas, sabe mi corazón por qué le niegas despojos de otro amor para quererme
Soneto
Jacinto Labaila
19
Al rico trueca en pobre la avaricia y la lujuria al torpe desenfrena, la gula a eterno malestar condena y la ambición a perennal codicia. La envidia la mejor natura vicia; el orgullo no tiene hora serena, y la gloria es no más, sueño que apena al vate que gozoso la acaricia. Entre tantas pasiones sólo hay una que da al mortal la dicha apetecida; por ella el hombre el oro, la fortuna, la gloria, la ambición, todo lo olvida: es el Amor de nuestros goces cuna; es el Amor, ¡bien único en la vida!
Sancho Panza
J. I. de Diego Pardo
19
Este pobre mortal de cada día, estrecho en todo, menos en cintura, lleva una flor de aguda picardía completando su genio y su figura. Consiste su idealismo y su alegría en saber que la cena está segura, y es la enana y mordaz filosofía la que cuadra mejor a su estatura No hay gafas que se ajusten a su vista; su condición, es mucho lo que dista de Don Quijote,, su señor y amigo Y es tan mezquina su mundana idea, que hasta su propia inspiración voltea sobre el punto de apoyo del ombligo
Jaime el barbudo
José Selgas y Carrasco
19
Aquí está Jaime Alfonso, aquel barbudo de mano dura y corazón valiente, que para hacer a la justicia frente, su propio pecho convirtió en escudo De todo amparo y protección desnudo se proclamó señor de Crevillente, y aun vive en la memoria de la gente lo que su brazo valeroso pudo. Hombre de convicción, tuvo ideales, principios y partido a su manera, y echó el cimiento del futuro Estado. Corriente y liberal con sus parciales, vivir sobre el país fue su bandera; ¿Se puede pedir más? Pues murió ahorcado.
La tumba de Napoleón
Guillermo Belmonte Muller
19
Asomado a la cripta misteriosa miro el rojo sepulcro de granito como un círculo abierto en lo infinito, donde el que tanto batalló reposa Los tributos de ayer, junto a su losa el Arte, lleno de emoción ha escrito, y por si oyese de la guerra el grito la Muerte allí lo vela silenciosa Del templo que le sirve de morada, la gigantesca cúpula dorada en su corona mística y suprema; y el sol, prendido en los adornos bellos arrancándole fulgidos destellos brilla como un diamante en la diadema.
Cuadro
Manuel Bertolín Peña
19
Lienzo español Ambiente de Sevilla -Entre luz y misterio te contemplo- Una mujer tocada de mantilla y allá en el fondo la piedad de un templo. Perfume de plegarias y oraciones, y una onda de cielo y de incensario Junto a un rojo fulgor de corazones la emoción silenciosa del Calvario Milagrosa mujer fuerte y morena, de ojos negros de amor, de odio y de pena, que evocan con su luz la raza inquieta. Yo te he visto piadosa y penitente con la humildad de tu mirar doliente, encarnar el dolor de una saeta.
Soneto
José Selgas y Carrasco
19
En la sonrisa de tus labios rojos brilla el candor de tu infantil belleza, rubia es la luz que inunda tu cabeza, viva es la sombra de tus negros ojos. Tu alegre faz mitiga mis enojos, y siendo tú consuelo a mi tristeza, siento dolor porque tu vida empieza, y es la vida mortal senda de abrojos. Me aterra el ciego afán del mundo vano al contemplar la plácida ignorancia con que hoy te guarda la inocencia amiga. Mañana no lo sé; ¡terrible arcano! Flor que empiezas a ser toda fragancia, alma todo candor, ¡Dios te bendiga!
Amor puro
Manuel José Díaz
19
El amor que te brindo, vida mía, no es amor terrenal, ofrenda impura que se tributa solo a la hermosura, que nace y muere como flor de un día; es Carila una luz que el alma guía en este inculto erial, mazmorra oscura, es el néctar que endulza la amargura que mi apenado corazón sentía; es el bálsamo suave del consuelo que derramó el Señor sobre mi frente para premiar mi afán y mi desvelo; es el lazo purísimo, luciente, que unirá nuestras almas en el cielo, para unidas vivir eternamente.
Soneto
Marcelino Menéndez Pelayo
19
A ti, de ingenio y luz raudal hirviente, de las helenas gracias compañera, de mis cantos daré la flor primera: cobre hermosura al adornar tu frente. No de otro modo en bosque floreciente, rudo y sin desbastar el leño espera, o el mármol encerrado en la cantera, el sabio impulso de escultor valiente. Llega el artista y la materia rinde, levántase la forma vencedora del mármol que el cincel taja y escinde: Corra, en la piedra, de la vida el río: tú serás el cincel, noble señora, que labre el mármol del ingenio mío.
El río
Joaquín Arcadio Pagaza
19
¡Salve, deidad agreste, claro río, de mi sueño natal lustre y decoro, que resbalas magnífico y sonoro entre brumas y gélido rocío! Es el blanco nenúfar tu atavío, tus cuernos de coral, tu barba de oro, los jilguerillos tu preciado coro, tu espléndida mansión el bosque umbrío. Hiedra y labrusca se encaraman blondas y enlazan por cubrirte en los calores con campanillas y rizadas frondas; te dan fragancia las palustres flores; y al zambullirte, tus cerúleas ondas ensortijan los cisnes nadadores.
Los volcanes
José Santos Chocano
19
Cada volcán levanta su figura, cual si de pronto, ante la faz del cielo, suspendiesen el ángulo de un vuelo dos dedos invisibles de la altura La cresta es blanca y como blanca pura: la entraña hierve en inflamado anhelo; y sobre el horno aquel contrasta el hielo, cual sobre una pasión un alma dura. Los volcanes son túmulos de piedra, pero a sus pies los valles que florecen fingen alfombras de irisada yedra; y por eso, entre campos de colores, al destacarse en el azul, parecen cestas volcadas derramando flores.
Soneto a un sabio
José María Gabriel y Galán
19
Tú de la ciencia a la región te alzaste y sus hondos arcanos descubriste: Te contemplaste grande y te engreíste; viste más grande a Dios ¡y lo negaste! Dios las alas te dio con que volaste y otros Dios, cual Luzbel, tú le creíste Para ser de Luzbel ¡cuánto ganaste! mas para ser de Dios ¡cuánto perdiste! Dime ¡oh sabio! que buscas con desvelo la necia palma de la humana gloria en la mísera vida de este suelo: ¿Cuál será de las dos mayor victoria, conquistar un aplauso de la Historia o conquistar la eternidad del cielo?
Caupolicán
José Santos Chocano
19
Ya todos los caiques probaron el madero -¿Quién falta?- Y la respuesta fue un arrogante: ¡Yo! -¡Yo!- dijo; y, en la forma de una visión de Homero, del fondo de los bosques Caupolicán surgió. Echóse el tronco encima, con ademán ligero, y estremecerse pudo pero doblarse no Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero, y estuvo andando andando y andando se durmió. Andando, así, dormido, vio en sueños al verdugo: él, muerto sobre un tronco; su raza, con el yugo, inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual. Por eso, el tercer día de andar por valle y sierra, el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra, ¡cómo si el tronco fuese su mismo pedestal!
A los mártires de Trinidad y Camagüey
Pedro Ángel Castellón
19
Gozábase en su cieno el servilismo cuando el tirano súbito alarmado trémulo alzóse, se erizó alarmado cual si viese a sus plantas un abismo Era que el grito oyó del patriotismo desde Cascorro y Trinidad lanzado, heroico grito al firmamento alzado provocando a combate al despotismo Víctimas nobles de la inicua España vengadas quedaréis, que no es delirio que a nuestros pies el déspota sucumba. Vuestra la gloria fue de tal hazaña que es gloriosa la palma del martirio y la gloria también esté en la tumba
Yerros, culpa, fortuna...
Fernando Maristany
19
Yerros, culpa, fortuna, amor ardiente; para mi perdición se conjugaron Yerros, culpas, fortuna, me sobraron; me bastaba el amor tan solamente. Todo murió, mas tengo bien presente el dolor de las cosas que pasaron, pues sus hartas frecuencias me enseñaron a renunciar a cuanto me contente Erré todo el transcurso de mis años e hice que la fortuna castigase mis mal fundadas, locas esperanzas; del amor sólo vi breves engaños; ¡ay, quien tanta pudiera que quebrase este mi genio altivo de venganzas!
En el mar
Julián del Casal
19
Abierta al viento la turgente vela y las rojas banderas desplegadas, cruza el barco las ondas azuladas, dejando atrás fosforescente estela. El sol, como lumínica rodela, aparece entre nubes nacaradas, y el pez, bajo las ondas sosegadas, como flecha de plata raudo vuela ¿Volveré? ¡Quién los sabe! Me acompaña por el largo sendero recorrido la muda soledad del frío polo ¿Qué me importa vivir en tierra extraña o la patria infeliz en que he nacido, si en cualquier parte he de encontrarme solo?
A un héroe
Julián del Casal
19
Como galeón de izadas banderolas que arrastra de la mar por los eriales su vientre hinchado de oro y de corales, con rumbo hacia las playas españolas, y, al arrojar en áncora en las olas del puerto ansiado, ve plagas mortales despoblar los vetustos arrabales, vacío el muelle y las orillas solas; así, al tornar de costas extranjeras, cargado de magnánimas quimeras, a enardecer tus compañeros bravos, hallas sólo que luchan sin decoro espíritus famélicos de oro imperando entre míseros esclavos
Inmaculada
José Santos Chocano
19
Tengo una Virgen modelada en cera, ante la que arde extática mi vida, cual si fuese una lámpara encendida que en honor de un amor se consumiera. Por un rayo lunar de primavera vino a mí, como el bálsamo a la herida, esta gótica Virgen desprendida tal vez de una litúrgica vidriera. Yo haré que siempre inmaculada brille la Virgen de la frente taciturna y los ojos metálicos y tersos; que, para que ni el aire la mancille, la tengo -sin tocar- en una urna hecha con los cristales de mis versos
Medieval
Julián del Casal
19
Monstruo de piedra, elévase el castillo rodeado de coposos limoneros, que sombrean los húmedos senderos, donde crece aromático el tomillo Alzadas las cadenas del rastrillo y enarbolando fúlgidos aceros, seguido de sus bravos halconeros va de caza el señor de horca y cuchillo. Al oír el clamor de las bocinas bandadas de palomas campesinas surgen volando de las verdes frondas; y de los ríos al hendir las brumas dibujan con las sombras de sus plumas cruces de nieve en las azules ondas.
Tarde antillana
José Santos Chocano
19
La tarde se pasea como convaleciente por el verdor espeso de los cañaverales Desflécase una lluvia de menudos cristales; y el paisaje retiembla como a través de un lente. Las chimeneas rojas de la fábrica ingente dan la impresión de un barco que espera las señales para zarpar, y cuyas campanas funerales de vez en cuando vuélcanse acompasadamente Tal cual palmera impone contra el cielo su estampa de abanicos, que luce calado el varillaje Las nubes fugan Chillan los insectos Escampa Y un acordeón rústico alarga un danzón vago, que se disuelve sobre la angustia del paisaje como un jirón de niebla sobre la paz de un lago. Renunciamiento Anchura para nuestras miradas y oración para el duelo de nuestros corazones Es la hora propicia de las meditaciones, de los poetas tristes y de las bienamadas En los cañaverales se oyen chocar espadas; en las nubes se miran galopar escuadrones; y las rubias palmeras fingen crin de leones que sacuden al aire sus cabezas colgadas ¡Oh visión opresora de la muerte del día sobre el campo! ¡Oh tristeza que difunde lo verde dilatándose bajo esta parada agonía! La añoranza imperiosa La esperanza tardía La emoción que se agranda La extensión que se pierde Y un murmullo que empieza: -Dios te salve, María ¡Llena eres de gracia, madre Naturaleza! Tú pones en mis ojos este Edén no perdido; tú pones las más hondas palabras en mi oído: tú pones el más alto laurel en mi cabeza Y desde que en ti acaba todo lo que en mí empieza, te hago saber ahora lo que de ti he aprendido: sólo por ti mi verso tiene este buen sentido de la melancolía bajo la fortaleza Naturaleza madre: todo mi amor es tuyo En los cañaverales soy un vivaz cocuyo, que horada la espesura con un furor cruel Y en las palmeras sueño con la triunfal entrada en el corazón mismo de la mujer amada de besos tropicales más dulces que la miel El acordeón rústico envuelve en un son lento y monótono el alma del paisaje sensual: es un danzón que ondula como una cinta el viento o como el rizo de una fontana de cristal La tarde se deshoja, con el recogimiento de una monja que sueña lejos del bien y el mal, y la eglógica música aletarga el momento y circunscribe toda la vida tropical Acordeón, que tienes vaivenes de resaca: algo hay en ti que rima con la nerviosa hamaca, en donde la pereza se mece en blando son Así, bajo el penacho de familiar palmera, mientras se va muriendo la tarde, el alma entera del trópico, parece que rima una canción
Soneto
Mariano Álvarez Robles
19
Entré a comprar turrón, cuando un zapato se me quedó enganchado en la cortina; la confitera con su voz divina me dijo: «Amigo, le cogió a usté el gato» «No importa si el turrón lo da barato» le dije al punto, mas la muy ladina me replicó, taimada, que en Pechina tocaban las muchachas el silbato «Allá voy a partir, trueco el tintero», alegre respondí, por la escopeta, pues pretendo admirar tanto salero. Al punto que llegué vi una paleta de aspecto horrible, cara de puchero y me volví tocando la retreta
La lluvia, mi hermana
J. A. Falconi Villagómez
19
Siempre la lluvia gris... ¡Qué intensa pena esta tarde de melancolía! Su alma en nosotros a la par resuena como una novia triste en agonía Y es otras veces una hermana buena que al oído nos da su letanía, intermitente entre la paz serena de alguna noche desolada y fría ¡Oh, la lluvia! Mi hermana confidente que me vela como a un convaleciente y en mis labios su breve ósculo imprime. ¡Entre todos el único sincero! Siempre la lluvia gris Yo sólo quiero su silenciosa música que oprime
Deo volente
Emilio Gutiérrez Gamero
19
El rayo de tu esencia poderoso todo mi ser penetra, y dulcemente inunda los espacios de mi mente y la eterna inquietud trueca en reposo La fiebre del gozar, el insidioso afán de gloria, la pasión ardiente que turba los sentidos, la insolente adoración del «yo», presuntuoso Ilusiones no más, y al condenarlas a perpetuo silencio, sólo ansío que me otorgues virtud para olvidarlas Y yo las guardaré, callado y frío, como el alma inmortal debió guardarlas antes de darle vida el cuerpo mío
Sonetos – I
Fernando de Gabriel Ruiz de Apodaca
19
Cuando rota en pedazos se mostraba la unidad de la hispana monarquía y rota entre sus redes la armonía segundo Guadalete amenazaba, De Alcántara, Santiago y Calatrava, y de Montesa luego, a luz nacía la sagrada, marcial caballería, y de nuevo la patria se salvaba. Cuatro siglos sus lides contemplaron; De Lasso, Calderón, Quevedo, Ercilla, sus insignias después el pecho ornaron. Si en armas como en letras maravilla su historia, y nuestros tiempos alcanzaron, ¿Quién extinguirlas osará en Castilla?
El añil
José Santos Chocano
19
Brinda al pintor el índigo cambiantes con que luce en las sedas y en las flores; prodigando el azul con los vigores de ocasos regios como más brillantes Ya es el añil zafiro entre diamantes, ya lazo para atar cartas de amores, ya vestido de tul que entre fulgores giran en una danza de bacantes Es en el lago como un brillo apenas: corre bajo la piel de terciopelo y se trasluce en perfiladas venas. Pero nunca es más noble en sus antojos que cuando, en un pincel, recoge el cielo, ¡y en dos lo parte para hacer dos ojos!
A un rico
José María Gabriel y Galán
19
¿Quién te ha dado tu hacienda o tu dinero? O son el fruto del trabajo honrado, o el haber que tu padre te ha legado, o el botín de un ladrón o un usurero. Si el dinero que das al pordiosero te lo dio tu sudor, te has sublimado; si es herencia, ¡cuán bien lo has empleado! si es un robo, ¿qué das, mal caballero? Yo he visto a un lobo que, de carne ahíto, dejó comer los restos de un cabrito a un perro ruin que presenció su robo. Deja, ¡oh rico!, comer lo que te sobre, porque algo más que un perro será un pobre y tú no querrás ser menos que un lobo.
El arte
Julián del Casal
19
Cuando la vida como fardo inmenso pesa sobre el espíritu cansado y ante el último Dios flota quemado el postrer grano de fragante incienso; cuando probamos con afán intenso de todo amargo fruto envenenado y el hastío con rostro enmascarado nos sale al paso en el camino extenso; el alma grande, solitaria y pura, que la mezquina realidad desdeña, halla en el arte dichas ignoradas, como el alción, en fría noche oscura, asilo busca en la musgosa peña que inunda el mar azul de olas plateadas
Un mover de ojos...
Fernando Maristany
19
Un mover de ojos tímido y piadoso sin causa alguna; un reír blando, honesto, casi forzado; un dulce, humilde gesto, de cualquier alegría receloso. Un despejo tranquilo y vergonzoso; un responder gravísimo y modesto; una clara bondad, cual manifiesto indicio de un espíritu gracioso Un osar apocado; una blandura; un aire a un tiempo tímido y sereno; un largo y obediente sufrimiento: Esta fue la seráfica hermosura de mi Circe y el mágico veneno que logró transformar mi pensamiento
Soneto
Marcelino Menéndez Pelayo
19
Ensalce a Laura el amador toscano en dulce canto y cítara sonora; el que viva la amó, muerta la llora, condense en Beatriz saber cristiano Con noble voz y aliento sobrehumano, por cuanto baña el mar y Cintio dora; haga inmortal el nombre de Eliodora el divino poeta sevillano Y respondan las ninfas a su acento con dulce halago y apacible risa, del Betis en la plácida ribera: Que al nombre celestial de mi Belisa al olvido darían su tormento Dante, Petrarca y el divino Herrera.
Rubia
José Santos Chocano
19
Robó el oro su lustre a tu cabello y a tu boca el coral su sangre pura; ostenta el mármol como tú su albura y el cisne arquea como tú su cuello En tu sonrisa se estremece el sello de un beso del amor a la hermosura, y en tu mirada trémula fulgura la lucha de una sombra y un destello Lohengrín te ha soñado como un rubio querub, envuelto entre flotantes tules, sobre su cisne blanco, en el Danubio; y ha visto que halagando sus antojos, no son tus ojos como el cielo azules, sino el cielo es azul como tus ojos.
En la Parasceve
Joaquín Arcadio Pagaza
19
Dicen que el Tracio fue tan inspirado poeta, que al tañer su blanda lira llevaba en pos de sí (¡dulce mentira!) la selva, el arroyuelo y el collado ¡Vate, no tú, por vates sublimado! Aquel cisne divino cuando expira el sí, por más que el báratro conspira, se atrajo el universo consternado Al resonar su postrimer acento, despierta el mar y airado se incorpora enviando a las estrellas su lamento; el Infierno sus pérdidas deplora; treme la Tierra en su hondo firmamento, y en luto el cielo con los astros llora.
A la distinguida señorita mexicana Laura Mariscal
Esther Lucila Vázquez
19
Hay en el palpitar de la enramada, al suave soplo de la brisa leda, el deslumbrante brillo de la seda por los rayos del sol iluminada Y la luz al filtrarse tamizada por la tupida red de la arboleda, sus mallas de oro en el follaje enreda y tiembla en la sombrosa encrucijada Es la tarde con cárdenos reflejos el verde bronce del ramaje enciende y la corteza de los troncos dora. Y al ir desvaneciéndose a lo lejos, la llama por los árboles asciende y al fin en Occidente se evapora.
Soneto
Marcelino Menéndez Pelayo
19
¡Salve, titán de la cerúlea frente, sobre el materno piélago dormido; de tu férrea garganta amo el rugido, amo la espuma de tu faz hirviente! A tus arrullos despertó mi mente, mi primer llanto resonó en tu oído, eduqué con tu indómito alarido mi brava condición y ánimo ardiente Mas ni el fragor de tus tormentas calma esta pasión que vencedora rige mi fe, mi corazón y mi albedrío, ni darán tus sonrisas paz al alma, hasta que en ti sus claros ojos fije la eterna luz del pensamiento mío.
Soneto
Antonio de Trueba
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Véndese en muchas tiendas como bueno, en vez de vino, tinta de campeche, agua con almidón, en vez de leche, en vez de pan, engrudo de centeno, en vez de chocolate o café, cieno; en vez de liebre que a uno le aproveche, gato con que uno hasta las tripas eche, y en vez de amor, o cosa sí, veneno. Si a la voz del deber hay almas sordas y no es razón que al público se mate con celadas que no usan ni las sordas de taparrabo y tez de chocolate, póngase en cada tienda en letras gordas: ¡Lasciate ogni speranza, voi che entrate!
El amor de don Juan
Emilio Lascano Tegui
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Mi amor es como el agua; de las formas no sabe, mi amor es como arcilla, a toda mano blanda, mi amor es un bohemio que en el mundo no cabe, mi amor es un judío muy pálido, que anda. Por todos los caminos mi dolor voy sembrando, me empeño en dar quimeras como un doncel de ensueño, y en este devaneo yo sé, pues voy llorando, que pierdo el polvo de oro de que me supe dueño. Siempre el lance del fauno, siempre el amor que pasa llevando las cenizas, animando la brasa y haciendo, alma, el camino de rosas doloroso ¿Dónde estará la amada, esa paloma herida? ¿Dónde estará el albergue de esta noche florida, amor que tienes canas y no tienes reposo?
En el entierro de Fernández y González
Vicente Colorado
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¡Buen viaje, maestro, buen viaje! ¡quién te ha visto a no ser en este día seguido de tan noble compañía con escolta de a pie, y a ti en carruaje! No llevas tras de ti mal equipaje: ¡cuánta ilustre y soberbia medianía! contigo comparados, todavía algunos te aventajan en el traje. Todos ellos llegaron a la meta, y son ricos, y están en candelero, y el mundo les admira y les respeta: y tú, entre todos ellos el primero, engreído con ser un gran poeta, has muerto como muere un pordiosero.
La luz y la sombra
José Selgas y Carrasco
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La tarde triste por la cumbre asciende, y el rojo manto de vapor despliega del alto monte a la tendida vega; el aire mudo su quietud suspende; el cielo en vago resplandor se enciende, que hasta el confín del horizonte llega; se apaga el sol mientras la sombra ciega las negras las por el valle tiende La luz exclama: Con tenaz porfía en pos me sigues; mas tu negro manto rasgará el fuego que en mis ojos arde, que soy la luz, la vida y la alegría Yo soy la oscuridad, el luto, el llanto, dijo la sombra, y expiró la tarde.
Fin de siècle
Juan Tejón Rodríguez
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En cafés, en teatros y hasta en misa la enferma sociedad se agita y miente, oculta su pensar gozo aparente, disfraza sus afanes la sonrisa. Es su marca de fábrica o divisa «Moralidad» impresa en cada frente, y la soberbia márcala en su ambiente y la ambición la impele a toda prisa. Bacterias psicológicas letales son la astucia, la envidia, la impureza multiplicando en su organismo males Y como el corcho oprime la cerveza, conveniencias hipócritas sociales taponan hoy del hombre la cabeza
Los niños de Écija
José Selgas y Carrasco
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Juntos formaron la infantil gavilla que ya en una, ya en otra encrucijada, impuso su poder a mano armada, haciendo de lo ajeno pacotilla De Écija fue terror y maravilla, miedo y vergüenza de la gente honrada, y en los anales de la vida airada honor de los ladrones en cuadrilla Con medios mucho más perfeccionados, porque el progreso va con las edades, ya tanta fama ni a la envidia inquieta. Niños de Écija... ayer; que hoy bien juzgado en caminos, en pueblos y en ciudades, sólo pudieran ser niños de teta.
A Galatea
Jacinto Labaila
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Llena mi corazón de tus amores la imagen inmortal y en mi cabeza de la gloria la fúlgida belleza levanta pensamientos bullidores El amor y la gloria son las flores más lindas que creó naturaleza, y el mortal que a aspirar su aroma empieza, vive siempre aspirando sus olores. Por la gloria poética me afano; ella en mil ilusiones eslabona las ideas que asaltan en mi mente ¡Si alcanzara el laurel! ¡Ah, fuera en vano! ¡Qué importa alcanzar una corona si el mundo nunca la verá en tu frente!
Nuestro deber
José Peris y Pascual
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Hoy, que Virtud y Fe desprecia el mundo, y al vicio y al error levanta altares, y enloquecido en báquicos cantares, cielo y tierra amenaza furibundo. Leche del mal contra el torrente inmundo quien anhele la paz de los hogares, quien ame instituciones seculares, quien sienta a la impiedad odio profundo ¡Luchemos! Sin combate no hay victoria; prospera el mal, cuando reposa el bueno; ni puede el ocio dar frutos de gloria. De males siempre el mundo estuvo lleno; mas nunca fue bendita la memoria del que sufrió del vicio el desenfreno
En la aldea
Francisco Lles
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Los tordos han cantado en la espesura: se funde en la quietud de la pradera un manzano, borbota, en la ribera del bosque, un agua cristalina y pura Enfloran los castaños en la altura del coto vecinal La carretera como cinta de nieve, reverbera en medio del verdor de la llanura El campanario secular adquiere, bajo su capa de tupida hiedra, un dejo de tenaz melancolía; y en la paz del crepúsculo que muere cierra sus ojos de hormigón y piedra cansados de observar la lejanía
Soneto
León María Carbonero y Sol
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¡Oh vana, oh loca, oh atrevida vida del hombre ciego que en prestado estado vive muriendo desterrado, errado, su gloria luego que es venida ida El alma noble aunque oprimida mida con sus obras aquel sagrado grado que hará dichoso al desdichado hado y a Dios que en su piedad no impida pida Si al que navega tan estrecho trecho, mar cuyo viento desengaña engaña y juzga que su puerto es tierra yerra. Pague a la muerte sin despecho pecho, que nunca al justo su guadaña daña, pues que del cielo la destierra es tierra.
Ecos
José de Velilla
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Con lágrimas ardientes, niña mía, de mis venturas las memorias riego, entre cenizas apagado el fuego que en otras horas por mi bien ardía Trocadas la ilusión y la alegría, mi corazón enamorado y ciego, en triste paz, en lánguido sosiego, no volverá a latir como solía ¡Y pides hoy para adornar tu palma, un eco de mi lira desprendido! ¡Oh, deja, deja que repose en calma! A tu súplica, al fin, ha respondido: respondió con el eco de mi alma, y el eco de mi alma es un gemido.
El poeta y el vulgo
Eusebio Lillo
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Al altanero y encumbrado pino díjole un día la rastrera grama: -¿Por qué tan orgulloso alzas tu rama cuando no alfombras como yo el camino? Y él respondió: -Yo doy al peregrino sombra, cuando su luz el sol derrama, y cobijo las flores cuando brama el ronco y desatado torbellino Así el vulgo al poeta gritó un día: -¿Por qué miráis indiferente el suelo? ¿Qué hacéis? ¿Quién sois? - Y el bardo respondía: -Soy más que tú porque tal vez recelo que sólo de mi canto a la armonía comprendes que hay un Dios y que hay un cielo
Nombre rutilante
Joaquín V. Cataneo
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Está listo el canal Ya los océanos se estrechan con ardiente paroxismo Cortado en dos mitades ved el Istmo, vencido, tras esfuerzos sobrehumanos Ese tajo brutal donde mil manos hurgaron con frenético heroísmo, es -¿quién sabe?- la fauce de un abismo que oculta pavoroso cien arcanos «¡Panamá!», grita, en tonos delirantes, la audaz falange de los traficantes, hartándose del oro que vislumbra. A Cipango sus naves ponen proa e ignoran que sus ruta les alumbra un nombre: ¡Vasco Núñez de Balboa!
Yo no lo sé
Juan J. Geada
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Yo no lo sé Me han dicho que te mueres enferma de un dolor desconocido; y que a la Ciencia un imposible res, que no halla en tu dolor nada aprendido. Que de todo te aburres al momento Y que el piano te hastía; y te sofoca la lectura y el canto, que el contento jamás lleva sonrisas a tu boca Que no puedes vivir Constantemente recorres las estancias, indolente, como buscando en el andar consuelo. Y que después, cansada y abatida, cual queriendo pasar, a la otra vida, dices mi nombre, suspirando, al cielo.
Caminos de la sierra
María Alicia Domínguez
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Caminos de la sierra, álamo fresco, voy dejando mi pena en cada espina Si un árbol mustio fui, ya reverdezco y me abro al sol con emoción prístina. Sorbí agriso jugos de la tierra y crezco De mi propia alma, fluye cristalina esta ansiedad de amor, con que me ofrezco al surco, al viento, en comunión divina Está el aire dorado, azul el cielo Sobre los montes flota el glauco velo de la neblina que a la luz se irisa. Y entre la paz, que en un sopor me envuelve, un eco del recuerdo que a mí vuelve rojea, como brasa entre ceniza.
Una corona, no, dadme una rama
Carolina Coronado
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Una corona, no, dadme una rama del adelfa del Gévora querido, y mi genio, si hay genio, habrá obtenido un galardón más grato que la fama No importa al porvenir cómo se llama la que el mundo decís que dio al olvido; de mi patria en el alma está escondido ese nombre, que aún vive, sufre y ama Os oigo desde aquí, desde aquí os veo, y de vosotros hablo con las olas, que me dicen con lenguas españolas vuestro afán, vuestra fe, vuestro deseo, y siento que mi espíritu es más fuerte en esta vida que os parece muerte
Cuando con disimulo...
Manuel Justo de Rubalcava
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Cuando con disimulo y con engaños del mérito amoroso me desnudas, entonces con mayor fuerza me ayudas a ofrecerte mis días y mis años Cuando arrostro a las penas y los daños, y aun contra las saetas más agudas, el amor que te tengo tú lo dudas, y sábenlo, Roselia, los extraños. Todos dicen que te amo, y que delira mi fino corazón, pues es constante el amor que te tengo reiterado Tan sólo para ti digo mentira, ¿y es posible, Roselia, que tu amante logre no ser creído, siendo amado?
Elogio del poeta
Félix Etchegoyen
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Cantor de la belleza y la justicia en una edad prosaica y sin sentido, adorador eterno de Cupido cuando culto se rinde a la avaricia. Tu musa es para el vulgo una estulticia, porque eunuco jamás ha comprendido el parto de la idea dolorido ni de la Gloria la inmortal caricia Fuiste en Grecia y en Roma omnipotente, trovador en el claro Mediodía; del siglo diez y ocho, verbo ardiente. Hogaño que está el mundo en agonía, pulsa tu lira y con cantar vidente señala al hombre su extraviada vía.
Sellos hispanos – La Armería Real
Manuel Serafín Pichardo y Peralta
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Museo de Marte, en tu recinto guardas la historia en hierro de nación violenta, cuyas hazañas más famosas cuenta en morteros, mosquetes y alabardas. Hoja y cañón de alfanjes y espingardas, el orín otra vez los ensangrienta, y tu amplio muro, envanecido, ostenta ricas presas de flámulas gallardas Y en tus combas y férreas armaduras, en que el metal conserva el ceño fiero, aun se sienten latir, torvas y duras, como de un pueblo el hálito inextinto, bajo la escama rígida de acero, las almas de Felipe y Carlos Quinto.
El rosario
Enrique Menéndez Pelayo
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El altar de la Virgen se ilumina y ante él de hinojos, la devota gente su plegaria deshoja lentamente en la inefable calma vespertina Rítmica, mansa, la oración camina con la dulce cadencia persistente con que deshace el surtidor la fuente, con que la brisa la hojarasca inclina. Tú, que esta amable devoción supones monótona y cansada, y no la rezas, porque siempre repite iguales sones, tú no entiendes de amores ni tristezas: ¿qué pobre se cansó de pedir dones? ¿Qué enamorado de decir ternezas?
Samaritana
Ignacio Zaldívar
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Libre soy; mas dichoso cambiaría esta mi libertad por tus cadenas ¡Oh, de tus manos dulces y morenas la adorable y eterna tiranía! Si yo tu esclavo fuese, te daría todas mis horas, de tu imagen llenas, toda la ardiente sangre de mis venas y si pidiese más más todavía Samaritana: el agua que yo quiero entre las rosas de tus labios mana, y es Dios el que te puso en mi sendero. Ayer te amé; hoy te adoro; y si mañana ves que, sediento de tu amor, me muero, ¿me darás de beber, Samaritana?
Al distinguido aeronauta Mr. A. Boudrias de Morat,
Enrique Gronlier
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Alzose el genio y con serena frente surca valiente la región vacía, y el cielo alegre de la patria mía derrama flores con placer vehemente Y es solo Morat, astro fulgente que en ciencia brilla como en claro día, y un rayo de luz el sol le envía formando mole de carmín luciente Viajero sin igual, tuya es la gloria que Minerva te da con fe sincera; empuña el pabellón de tal victoria que cante Cuba con su ley primera, y en los blasones que te de la historia el águila tendrás, rey de la esfera.
Tres cruces – Leónidas
Justo Sierra
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Murieron, su deber quedó cumplido; mas del paso del bárbaro monarca guardaron las Termópilas la marca clavando en una cruz al gran vencido Cadáver que bien pronto ha repartido a jirones el viento en la comarca y en cuy pecho roto por la Parca el águila del Etna hace su nido La sangre de Leonidas gotea en la urna de bronce de la historia, a todo pueblo en lucha por su idea ungirá con el crisma de la gloria, como a Esparta en el día de Platea al compás del pedal de la victoria.
Dos amores
Manuel del Palacio
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Te amé cuando en la senda de la vida flores no más holladas con tu planta; te vuelvo a amar en esta que te encanta edad de sueños para mí perdida No es el amor que a la virtud mentida himnos de gloria y de ventura canta, ni la pasión consoladora y santa al dulce soplo de la fe nacida Es ese afán que en su entusiasmo loco funde lo deleznable con lo eterno, que trueca en oro la mundana escoria, que hasta su misma dicha tiene en poco, y que si un dolor copia del infierno, da en un placer la imagen de la gloria.
Al Excmo. Señor Marqués de Cabrijana, insigne poeta
José Lamarque de Novoa
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Codicia el vulgo, de brillar sediento, el mundano poder y la riqueza, dones que desparecen con presteza cual niebla leve que arrebata el viento De la santa virtud y del talento, que al hombre ofrecen perennal grandeza, el noble, el sabio a la suprema alteza aspiran sólo, con sublime aliento Así, tú, caro amigo, que comprendes cuán vanas son las dichas mundanales, en la llama del bien tu pecho enciendes: Y del genio en las alas celestiales al templo augusto del saber asciendes, alcanzando laureles inmortales
A Julio
Nicolás Arnao
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Sólo por complacerte es que recito entre las densas brumas del pasado, este recuerdo tétrico y helado que a tu instancia tan sólo resucito Lo doy por concluido, aunque te invito a charlar del rumor del arbolado, de la tierra avecilla en el sembrado, y en el espacio azul, del infinito Recorrer quiero en el abrupto monte bajo mi planta el rústico paisaje, reclinar la mirada al horizonte sobre el andar ligero de un celaje Para así distraer en el vacío suelta la mente en plácido albedrío
La primavera
Gabriel García Tassara
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¡Oh campos!, ¡oh deleite!, ¡oh hermosura! ¡Oh rica aurora en rosicler y gualda! ¡Oh flores que en balsámica guirnalda os derramáis por la feraz llanura! ¡Oh bosques de prolífica espesura que de los montes recamáis la espalda! ¡Oh vivas auras que de falda en falda la fragancia lleváis y la frescura! ¡Oh hermoso río que el genial tesoro dilatas por la espléndida ribera, fluctuante espejo del naciente día! ¡Oh claro cielo de amaranto y oro! ¡Oh mañana del año! ¡Oh primavera! ¡Oh alma esposa del sol! ¡Oh Andalucía! Cumbres de Guadarrama y de Fuenfría, columnas de la tierra castellana que por las nieves y los hielos cana la frente alzáis, con altivez sombría Campos desnudos como el alma mía que ni la flor ni el árbol engalana; ceñudos al nacer de la mañana, ceñudos al morir el breve día Al fin os vuelvo a ver, tras larga era; os vuelvo a ver con el latido interno del patrio amor que, vivo, persevera Para mí y para vos llegó el invierno Para vos tornará la primavera, mas mi invierno, ay de mí, será ya eterno
En mi retrato
Rudolfo Figueroa
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Tez de América y ojos del oriente, bozo de seda, labios abultados, y cabellos oscuros, hacinados como un crespón sobre la tersa frente. He aquí la juventud resplandeciente con sus sueños de gloria acariciados por los primeros lauros conquistados a despecho del mundo indiferente Pero allá, tras un vuelo imperceptible, la sombra de los íntimos dolores que nacen del amor a lo imposible Reflejos de tormentos interiores, y esa amargura inmensa, indefinible, de que halló espinas en lugar de flores.
A puro lomos
Nicolás Arnao
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Lauros eternos, clásicos autores, os saludo por buena referencia; al suponer que a cuestas con la ciencia vais más cargados con admiradores. Silenciosos cual sordos oidores soportaréis la acerba impenitencia haciéndole sesuda reverencia a los que gastan sesos por favores Yo, en vista y fe del paternal suplicio, con que os abruman serios mayordomos, por vuestro amor prefiero el sacrificio de cargar mi cosecha a puros lomos, antes que rabiatarme de cencerros y en jamelgo prestado subir cerros.
Soneto
Manuel Villar y Macías
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Morir ¡ay Dios! cuando en el noble foro la Justicia sus palmas te ofrecía, y a tu elocuencia varonil abría la ley severa su inmortal tesoro Y cuando el crimen vergonzoso lloro tu poderosa voz verte hacía, y la hollada inocencia sonreía al recobrar por ti su alto decoro Abrasaba tu rápida existencia sed de justicia, sed devoradora; y ¡oh inescrutable y santa Providencia! Hoy el sol de Justicia eterno dora el cielo para ti, y a su presencia tu alma feliz estática le adora
Templanza
Manuel del Palacio
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Más que la mesa de manjares llena y el vino de los odres derramado, placen a todo espíritu elevado el goce honesto y la palabra amena De la razón que el apetito enfrena se burlan el demente y el malvado; sólo vive feliz y muere honrado quien en la suya manda y en la ajena Nada hay que el mar en su fiereza imite; cuando sus olas irritado lanza mas parece Medusa que Anfitrite; pero le ponen dique y ya no avanza ¿Cuál será el hombre que su mal no evite si es dique de la gula la templanza?
Soneto
Mercedes de Velilla Rodríguez
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Mírame tú; que si dolor impío rasga mi corazón con mano dura, como el rayo de sol la niebla oscura, disipa tu mirada el dolor mío Mírame tú, porque la muerte ansío cuando alcanzar no pueda esa ventura: si no me alumbra el sol de tu hermosura, mi vida es un desierto muy sombrío Mírame tú; que son de mis enojos tus miradas dulcísimos consuelo, flores que nacen donde miro abrojos Mírame tú; que en mi amoroso anhelo, viendo la luz de tus azules ojos, pienso mirar el resplandor del cielo.
Al dolor – I
Gaspar Núñez de Arce
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Tú nos recoges al nacer, y en vano es luchar contra ti Nunca vencido, la vida universal siempre ha gemido sujeta la férreo yugo de tu mano ¡Ah!, si en la inmensidad tu soberano poder, sobreponiéndose al olvido, el llanto condensase que ha vertido desde su origen el linaje humano; si la lóbrega nube reventara y bajo su espantosa pesadumbre en lluvia torrencial se desatara, tocando el mundo en su postrero día, el diluvio de lágrimas, la cumbre de los más altos montes cubriría
El tiempo
Manuel Justo de Rubalcava
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El tiempo, que con tiempo no he mirado, el tiempo es vengador de mi apatía, bien me castiga el tiempo la porfía de haberme con el tiempo descuidado Vime en un tiempo en tan feliz estado que al tiempo en tiempo alguno le temía, mas no espero ya tiempo de alegría pues el tiempo sin tiempo me ha dejado. Pasaron horas, tiempos y momentos en que pude del tiempo aprovecharme para evitar en tiempo mis tormentos; y pues del tiempo quise confiarme teniendo el tiempo varios movimientos, yo de mí, no del tiempo he de quejarme
Primavera
Mercedes de Velilla Rodríguez
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Huye el invierno: a tu sonrisa pura nacen las mariposas y las flores; los pájaros, tus dulces trovadores, celebran en la fronda tu hermosura. Los campos con su verde vestidura del labrador compensan los sudores, y en tus brillantes galas, sus amores, sus glorias, simboliza la criatura Desde el átomo al ser tu influjo alcanza, y a tus dones la tierra, agradecida, himnos de honor a los espacios lanza. Nos dejas, por consuelo, en la partida, y en señal de retorno, la esperanza, ¡supremo bien de la afanosa vida!
En el segundo centenario de D. Pedro Calderón de la Barca – XI
Numa Pompilio Llona
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De tu espíritu múltiple y fecundo, -lumbre creatriz, intelectual Proteo-, brotar la estirpe, más grandiosa, veo de cuantos genios ha admirado el mundo: Cipriano, como un FAUSTO más profundo, vence a la Duda en choque giganteo; a HAMLET y CRIN y PROMETEO en sí resume el fiero Segismundo. Tu audaz Eusebio, en su siniestro tipo, los rasgos muestra de un consciente Edipo y de un DON JUAN y CARLOS MOOR gigantes y fueras tú el mayor de los pintores, si, emulando tus gráficos colores, no se elevara junto a ti ¡CERVANTES!
Sin esperanza
Manuel del Palacio
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Como van hacia el mar precipitadas las aguas del torrente rumorosas, atropellando las humildes rosas que a su cauce crecieron asomadas, así mi corazón y mis miradas fueron, amante aquel y estas ansiosas, al mar que les copiaron engañosas tus pupilas profundas y rasgadas Hoy, bebiendo en sus olas la amargura, por sus fieras corrientes absorbida navega el alma en la tiniebla oscura, sin que le den consuelo en su caída la inocencia, la paz y la ventura, que atropelló el torrente de mi vida
Al sol
Rafael María Baralt
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Mares de luz, ¡oh sol!, en la alta esfera derrama triunfador tu carro de oro y la vencida luna con desdoro su antorcha apaga ante su inmensa hoguera. Y el águila de rayos altanera hasta el cielo a buscar va su tesoro; y esparce al viento su cantar sonoro del umbroso pensil ave parlera Y la tierra y el mar y el claro cielo penetrados por ti hierven de amores cual de su esposo al fecundante anhelo ¿Quién la lumbre te da? ¿Quién los ardores? El ser a quien tu luz, que nos asombra, es fuego sin calor, es mancha, es sombra.
A unos pies
Jacinto Labaila
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Me parecen tus pies, cuando diviso que la falda traspasan y bordean, dos niños que traviesos juguetean en el mismo dintel del Paraíso Quiso el amor y mi fortuna quiso que ellos el fiel de mi balanza sean: de pronto, cuando salen, me recrean; cuando se van me afligen de improviso ¡Oh pies idolatrados! ¡Yo os imploro! Y, pues sabéis mover todo el palacio por quien el alma enamorada gime, traed a mi regazo mi tesoro y yo os aliviaré por largo espacio del riquísimo peso que os oprime
Una noche en el Coliseo
Manuel del Palacio
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Solo en la arena estoy; ¡a mí, lictores! Augusto Emperador, te desafío: El Dios de los cristianos es el mío, y tu poder desprecio y tus furores. Cérquenme ya los tigres bramadores, que quiero en ellos ensayar mi brío, y una vez más el holocausto impío ofrece en el altar de tus errores Aun en la arena estoy, reposo mudo, fatídico silencio, quietud santa, indecible terror hallo do quiera; nadie responde a mi lenguaje rudo: ¡Sólo una cruz al cielo se levanta, donde la luna inmóvil reverbera!
Sonetos íntimos
Mercedes de Velilla Rodríguez
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Lira infeliz en que en pasados tiempos mi esperanza y mi afán canté dichosa, y halagüeña a mis sienes ofreciste tal vez del genio la inmortal corona, adiós, adiós; a mi existencia unida, sufre también la suerte que me toca Adiós por siempre, juventud que huyes, noble ambición, imágenes hermosas, que acaso vi, mi frente coronando con un laurel de inmarcesibles hojas; esperanzas de un bien, dichas inmensas, ¡ay! tan inmensa como fuisteis cortas, quedad todas adiós... ¿Y habéis podido sin que muriera yo, morir vosotras?
A la alegría
Indalecio San Román
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Vida del alma, saludable encanto que de mi juventud la gloria fuiste ¿por qué me abandonaste? ¿por qué huiste? ¿por qué dejaste al que te quiso tanto? ¡Dejarme y para siempre! a tal quebranto ¿qué daños o qué ofensas recibiste? ¿por qué en tu propio ser no me absorbiste como hoy mi corazón absorbe el llanto? Mas ya comprendo: fue mi fantasía engendro de este amor que creí eterno pensando que jamás se acabaría. Pero tú buscas juventud, no invierno; sueño ha sido mi amor, dulce alegría, y viejo al despertar hallé el infierno.
Soneto
Plácido
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Densa nube que arroja escarcha fría, rayos aborta que al mortal espantan: de las tumbas los muertos se levantan, treme la tierra y se oscurece el día. La crespas olas de la mar sombría cabe las duras rocas se quebrantan, ni el río corre, ni las aves cantan, ni el sol su luz al universo envía: Cuando en el monte Gólgota sagrado dice el Dios-hombre con dolor profundo: «cúmplase padre, en mí, vuestro mandato». Y a la rabia de un pueblo furibundo, inocente, sangriento y enclavado, muere en la cruz el Salvador del mundo.
Idilio salvaje – III
Manuel José Othón
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Mira el paisaje: inmensidad abajo, inmensidad, inmensidad arriba; en el hondo perfil, la sierra altiva al pie minado por horrendo tajo Bloques gigantes que arrancó de cuajo el terremoto, de la roca viva; y en aquella sabana pensativa y adusta, ni una senda, ni un atajo Asoladora atmósfera candente, donde se incrustan las águilas serenas, como clavos que se hunden lentamente. Silencio, lobreguez, pavor tremendos que viene sólo a interrumpir apenas el galope triunfal de los berrendos
A don Mariano de Casos
Juan Antonio Barral
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«Tú niegas que el soneto fácil es, y aun afirmas que nunca los harás; no puedo concedértelo jamás, porque los hago yo en un dos por tres. Y como aquí no miento, porque ves que dejándote voy versos atrás y aumentando a los hechos otros más, la razón es preciso que me des ¿Me concedes que tengo alguna vis? Pues si no lo concedes, ¡voto a bríos, que ya tu confesión está en un tris! Porque sólo me faltan versos dos, que para un númen son grano de anís, y el soneto acabé: Mariano, adiós »
Como tú
Juan Martínez Nacarino
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Juntó nuestras dos almas de tal suerte aquel inmenso amor que nos unía que Dios solo entre sí las distinguía: ¡así fue nuestra unión de íntima y fuerte! Pero la Muerte mísera no advierte cuál es el alma tuya y cuál la mía, ¡y juntos padecimos la agonía, y de un golpe a los dos mató la Muerte! Verdad que yo, que te adoraba tanto amortajé después tu cuerpo yerto y te enterré, ay de mí, bañado en llanto! Pero para mí el mundo es un desierto y a mí nadie me lleva al Camposanto, ¡aunque también estoy, como tú muerto!
A Carmen
Rafael M. Martín Fernández Neda
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Gozo tanto en mirarte, que me olvido de lo mucho que sufro con no verte, y vivo con tu vida de tal suerte que me figuro que antes no he vivido Tu amor el rayo fulgurante ha sido que dio aliento vital al pecho inerte: el ángel eres que arrancó a la muerte la vaga sombra de mi bien perdido No hay un solo recuerdo en mi memoria que no te pertenezca; un pensamiento que tú no inspires, y te adoro tanto, que no envidio la dicha de la Gloria mientras guarde la fe de un juramento que por ser de tus labios es tan santo
Pie
Manuel José Othón
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Ancas de rana en son de batahola van del sijú al pulso en la torcaza Cuatro hijos en cruz de calabaza perfilando la güira cimarrona. El caimito dorado, si la loma empercude de cundiamor su falda La rabiche midiéndose en el gualda del conuco sembrado fuera de hora. Allá lejos la alzada de un bohío; aquí cerca la sombra de un guajiro en la rama que esconde el boniato. Y un cebú que padrea a cada rato La gallina pujando su postura Una mata con rayo, que perdura.
¡Anhelo!... ¡anhelo!
Juan Ortega
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¿Anhelo! ¡Caro anhelo! No hay un día que no vengas torturas a traerme y a despertar el ruiseñor que duerme en el jardín azul del alma mía No vengas a aumentar mi fantasía ni en vanas ilusiones a mecerme; deja que pase mi existencia inerme Anhelo, no exacerbes mi agonía. Que es maldición que -nuevo Prometeo- al Caúcaso fatal de mi deseo encadenado viva, y mis entrañas, -nidal de mis románticos lirismos- haciendo su festín en los abismos, las devoren los buitres y alimañas.