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---|---|---|---|
Mi ideal | Ramón Blasco | 19 | Yo quiero una mujer divina y pura
cual los tintes de plácida alborada,
una mujer de lánguida mirada
do se refleje un cielo de ventura.
Un ángel de ilusión y de hermosura;
de blonda cabellera perfumada,
de sonrisa sutil y enamorada
como la brisa que fugaz murmura.
Bella como la aurora de los mares;
de la inocencia y la virtud tesoro;
que me arrulle en dulcísimos cantares,
que llore entre mis brazos si yo lloro,
que comparta conmigo mis pesares,
y que me adore como yo la adoro.
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Sonrisa griega | Nicolás Arnao | 19 | Si es mi estilo cansado o ya rumioso,
es mío solo porque a nadie imito,
y a la verdad, señores, no permito
que me titulen versador famoso.
Si lo hago mal, pues, nada es asombroso,
y peor fuera que a tijera adscrito,
presentara un poema muy bonito
y me dijeran: ¡anda, mentiroso!
No vayas a esconderte en el Parnaso
buscando sombra de árbol corpulento,
porque mil y uno más, verás al paso,
que saben más que tú tan viejo cuento
Y te dirán con su sonrisa griega:
«¡Anda bobón, tu lira ya no pega!»
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A Gallo en fiambre | Felipe Pardo y Aliaga | 19 | Es ancha, es larga, es mal formada, es honda,
la nariz de que voy a darte informe
Ancha: no puedes su extensión disforme
recorrer en un día a la redonda
Larga: en las nubes no dirás que esconda
mejor su cumbre el Chimborazo enorme
Mal formada: no es fácil que te forme
símil que a su estructura corresponda
Honda: no lo fue más la hoya romana,
do lanzarse uno solo entre millares
osó con fortaleza sobrehumana
Mas compara por temas singulares
el pueblo a un colmenar cada ventana,
y la llama NARIZ DE COLMENARES
|
A Rafael María Mendive | Enrique Gronlier | 19 | Como brilla una estrella silenciosa
cuando termina el espirante día,
como exhala una dulce melodía
errante el ave de mi patria hermosa;
cual esparce su olor la suave rosa,
como suena en un arpa la armonía
del alma que en feliz melancolía
la vida no apetece bulliciosa
Así tu canto, como arroyo lento
me duerme ledo en el tendido llano,
es música feliz del sentimiento;
porque al oírte, trovador cubano,
me parece un Edén tu pensamiento
poblado por tu genio soberano
|
El antifaz | Ricardo Cester | 19 | Sarcasmo horrible, sociedad maldita,
farsa irritante, hipócrita finura;
por todas partes la mentira impura,
triunfante el vicio, la verdad proscrita.
¿ A qué el disfraz, cuando tras él palpita
ficción más necia y opresión más dura?
¡Cuando es el rostro en la mortal criatura
disfraz del alma que jamás se quita!
Se miente con sonrisa aduladora
que odio envuelve, cual víbora rastrera,
que fingiendo besar muerde traidora
Y al decir la verdad franca y sincera
se oculta el rostro que el rubor colora
¡Cual si oprobio y baldón la verdad fuera!
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A S. M. La reina Isabel II en su visita a la Itálica | José Lamarque de Novoa | 19 | Si renombre inmortal brinda la historial
rey que con aliento sobrehumano
en conquista sin fin alcanza ufano
el preclaro laurel de la victoria;
más noble y digno aplauso a la memoria
ofrece del egregio soberano
que abre a la ciencia, con propicia mano,
fácil camino al templo de la gloria
Por ti, oh Reina, cual astro peregrino,
la antorcha del saber brilla fecunda:
Tú engrandeces de Itálica el destino.
Así bella aureola te circunda
y hoy de Trajano al par y Elio divino
álzase el nombre de Isabel Segunda.
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Tristeza | Manuel del Palacio | 19 | Dentro de mí te escondes enemiga,
y mi aliento envenenas con tu aliento;
tú conviertes en pena mi contento,
y mi reposo cambias en fatiga.
Cual madre que rencor tan sólo abriga,
nutres mi corazón de sentimiento;
pero mi voluntad vence tu intento,
y tu constancia mi dolor mitiga.
Cruel eres conmigo y yo te amo;
soy de ti tan celoso, que quisiera
del mundo a las miradas esconderte;
cuando de mí te ausentas yo te llamo,
sin ti mi vida el ocio consumiera,
por ti pienso en la gloria y en la muerte.
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La poesía | Armando J. Alba | 19 | ¡Todo lo soy! Cuando mi luz se mira
temblando sobre el lienzo, soy pintura,
si palpito en el mármol, escultura,
y música en el ritmo que suspira
Soy el ensueño que al poeta inspira,
vivo, canto y esplendo en la Natura,
me sumerjo en el mar de la amargura
y de cada dolor forjo una lira.
Soy belleza y verdad, fiat esplendente
que brotando del verso Omnipotente
canto el grandioso e inmortal poema
que dio vida y belleza al Universo
Brillo en las almas y en la luz del verso
me remonto hasta Dios, verdad Suprema.
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El alma de la fuente | Luis Castillo Ledón | 19 | Como símbolo fiel de la tristeza
que llevo retratada en el semblante,
hay una vieja fuente que incesante
al pie de mi ventana llora y reza
Tiene un caudal de insólita terneza
su oración de novicia claudicante,
y escucho en su lamento sollozante
el alma de un dolor todo flaqueza
Por el pico de un cisne alabastrino,
rimando al aire lacrimoso canto,
lanza un chorro potente y cristalino.
Después, el agua, cae en su quebranto
por las copas de bronce florentino,
hasta el tazón que se desborda en llanto.
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Al dolor – I | José María de Aguirre | 19 | No aceches cauteloso y traicionero:
ya sentí tu pisar en pos del mío,
ya tu aliento aspiré morboso y frío,
no te escondas dolor que ya te espero.
Me he parado a esperarte en el sendero;
yo te conozco ya y en ti confío,
cuando no vienes tú viene le hastío,
y entre el hastío y tú, yo te prefiero
¡Cuántas veces el alma desolada
presintió tu venida y cuántas veces
sintió después tu sorda dentellada!
Al sabor de la copa que me ofreces
hace tiempo que el alma está avezada:
tráela, pues, que la apure hasta las heces
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¡Oh, qué dulce es amor... | Manuel Justo de Rubalcava | 19 | ¡Oh, que dulce es amor cuando comienza!
Pero que amargo es y denegado,
qué fiel, qué libre, injusto, osado
cuando cumplido su apetito piensa!
Mira sin atención la recompensa
y todos los favores que ha logrado
los borra con olvido descuidado,
cuando no los iguala con la ofensa
Lo más querido ve con repugnancia,
de lo que pudo apenas evitarme
por ser cuasi tu amor duro despecho
No apures, no, Roselia, mi constancia,
que si pretendes pérfida olvidarme
repara bien el daño que me has hecho
|
Voz amiga | Enrique Menéndez Pelayo | 19 | Junto a esa fuente que en la sierra brota
pasara yo la vida que me resta
en una dulce, interminable siesta,
nunca por el afán ni el tedio rota.
Y al blando son de la canturia ignota
con que huye el agua por la verde cuesta,
apurara, tendido en la floresta
la paz que va disuelta en cada gota
Parece que en la voz de sus cristales
prendieron, aguardando mi venida,
las voces más amadas y leales:
la palabra de Dios que en todo anida,
el dejo de los cantos otoñales
y del amor la queja dolorida
|
A todos | Luz Gay | 19 | Como el suave rumor de las cascadas
cuyo raudal fecundo y cristalino
desciende en agitado torbellino
de las fértiles cimas encumbradas,
regando las llanuras asoladas,
para que con su germen argentino
reverdezca el arbusto mortecino
y renazcan las flores agostadas;
así llegan a mí las rumorosas
cadencias de las frases generosas
vertidas en obsequio de mi númen;
nutriendo mi abatida fortaleza
para resucitar de la tristeza
el desmayo mortal que me consumen
|
Despertar | María Alicia Domínguez | 19 | En aquel bosque en flor junto a la fuete
yo era de bronce Los ocasos de oro
fulgiendo en mí, volcaban su tesoro
sobre las aguas, en un fuego ardiente
Yo era insensible al aire azul y al coro
de las ninfas del bosque y al silente
espíritu nocturno que en mi frente
prendía gemas de rocío y lloro
¿De dónde, en alas de la sombra, vino
a mí, diciendo, aquella voz extraña:
«¿Dormida está en el mundo floreciente?»,
abierto el horizonte en mi destino
se despertó mi endurecida entraña
y me puse a llorar sobre la fuente.
|
Anhelos | Rodolfo Castaing | 19 | En la copa nevada de un jazmín,
donde el aura conviértese en rumores,
un trono han fabricado a sus amores,
dos gorriones que habitan el jardín.
Cuando el sol al perderse en el confín
baña a la planta en suaves resplandores,
ilumina un idilio entre las flores,
cuyo ensueño de amor no tiene fin
¡Deliciosa visión la de ese nido
columbrado a los rayos del ocaso!
¿Lograré yo, después de haber vivido
resignado al capricho del acaso,
encontrar para siempre convertido
de amor en casto nido tu regazo?
|
Sin esperanzas | Juan J. Geada | 19 | Desde los más profundos abismos de la vida
yo te invoqué mil veces; y mil veces mi afán
fue para mis anhelos la estrella bendecida
que fulguró un instante con dulce fulgurar.
¿Por qué no te levantas, flor de mis pensamientos,
y vienes con tus ósculos de esperanza y de fe,
a darme lo que en vida me dieron tus alientos
y a nutrir de ilusiones mis ansias del ayer?
¡Muerta querida, lejos de ti la vida mía
se deshoja cual mustia Rosa de Alejandría
sangrando gota a gota mi amante corazón!
Y en vano es que te implore, si no has de volver nunca
El soplo de tu muerte dejó en mi alma trunca
la flor de la esperanza y el iris del amor.
|
Tempestad | Pedro de Lara | 19 | Se oscurece la faz del firmamento;
ruge con furia la tormenta airada;
se oculta la avecilla en la enramada
que azota audaz el huracán violento,
y se anega la tierra en un momento;
y suspira la flor, ya deshojada,
al ver que sin piedad es arrastrada
al arroyo que corre turbulento.
Aterrado, en su hogar, el campesino
santa oración con ansiedad murmura
para aplacar al Hacedor divino,
y la luz del relámpago fulgura,
y el rayo asolador se abre camino
entre las sombras de la noche oscura
|
Al partir para Cuba en la expedición del Bermuda | Félix R. Lahouet | 19 | Reina en mi patria el despotismo impío
y siendo muerte o triunfo la divisa
truca tu llanto en celestial sonrisa
que antes es Cuba que tu amor, bien mío
En alas del deber mi amor te envío
porque ya el golpe del reloj me avisa
que tengo que partir, y darme prisa
si no quiero llegar tarde al navío
Servirá tu pasión cielo adorado
de inconsciente sostén al despotismo
atándole las manos a un soldado
Déjame pues, partir, que del abismo
saldré volviendo a ti dignificado
por el fuego inmortal del patriotismo
|
En tu álbum de enlutada | Francisco Lles | 19 | ¡Oh, mañanas de sol! Cómo reía
sobre el campo su luz; qué bien se estaba
en el viejo portal donde callaba
todo, por oír tu voz, amada mía!
¡Qué deleite en el beso que solía
a tu descuido hurtar; como saltaba
de gozo el corazón, cuando pensaba
que el presente jamás se acabaría!
Algo dieron de ti que te han cambiado;
mas siempre noble y buena, has encontrado
que es mejor alejarte que ofenderme;
y en el dolor profundo a que te entregas,
sabe mi corazón por qué le niegas
despojos de otro amor para quererme
|
Soneto | Jacinto Labaila | 19 | Al rico trueca en pobre la avaricia
y la lujuria al torpe desenfrena,
la gula a eterno malestar condena
y la ambición a perennal codicia.
La envidia la mejor natura vicia;
el orgullo no tiene hora serena,
y la gloria es no más, sueño que apena
al vate que gozoso la acaricia.
Entre tantas pasiones sólo hay una
que da al mortal la dicha apetecida;
por ella el hombre el oro, la fortuna,
la gloria, la ambición, todo lo olvida:
es el Amor de nuestros goces cuna;
es el Amor, ¡bien único en la vida!
|
Sancho Panza | J. I. de Diego Pardo | 19 | Este pobre mortal de cada día,
estrecho en todo, menos en cintura,
lleva una flor de aguda picardía
completando su genio y su figura.
Consiste su idealismo y su alegría
en saber que la cena está segura,
y es la enana y mordaz filosofía
la que cuadra mejor a su estatura
No hay gafas que se ajusten a su vista;
su condición, es mucho lo que dista
de Don Quijote,, su señor y amigo
Y es tan mezquina su mundana idea,
que hasta su propia inspiración voltea
sobre el punto de apoyo del ombligo
|
Jaime el barbudo | José Selgas y Carrasco | 19 | Aquí está Jaime Alfonso, aquel barbudo
de mano dura y corazón valiente,
que para hacer a la justicia frente,
su propio pecho convirtió en escudo
De todo amparo y protección desnudo
se proclamó señor de Crevillente,
y aun vive en la memoria de la gente
lo que su brazo valeroso pudo.
Hombre de convicción, tuvo ideales,
principios y partido a su manera,
y echó el cimiento del futuro Estado.
Corriente y liberal con sus parciales,
vivir sobre el país fue su bandera;
¿Se puede pedir más? Pues murió ahorcado.
|
La tumba de Napoleón | Guillermo Belmonte Muller | 19 | Asomado a la cripta misteriosa
miro el rojo sepulcro de granito
como un círculo abierto en lo infinito,
donde el que tanto batalló reposa
Los tributos de ayer, junto a su losa
el Arte, lleno de emoción ha escrito,
y por si oyese de la guerra el grito
la Muerte allí lo vela silenciosa
Del templo que le sirve de morada,
la gigantesca cúpula dorada
en su corona mística y suprema;
y el sol, prendido en los adornos bellos
arrancándole fulgidos destellos
brilla como un diamante en la diadema.
|
Cuadro | Manuel Bertolín Peña | 19 | Lienzo español Ambiente de Sevilla
-Entre luz y misterio te contemplo-
Una mujer tocada de mantilla
y allá en el fondo la piedad de un templo.
Perfume de plegarias y oraciones,
y una onda de cielo y de incensario
Junto a un rojo fulgor de corazones
la emoción silenciosa del Calvario
Milagrosa mujer fuerte y morena,
de ojos negros de amor, de odio y de pena,
que evocan con su luz la raza inquieta.
Yo te he visto piadosa y penitente
con la humildad de tu mirar doliente,
encarnar el dolor de una saeta.
|
Soneto | José Selgas y Carrasco | 19 | En la sonrisa de tus labios rojos
brilla el candor de tu infantil belleza,
rubia es la luz que inunda tu cabeza,
viva es la sombra de tus negros ojos.
Tu alegre faz mitiga mis enojos,
y siendo tú consuelo a mi tristeza,
siento dolor porque tu vida empieza,
y es la vida mortal senda de abrojos.
Me aterra el ciego afán del mundo vano
al contemplar la plácida ignorancia
con que hoy te guarda la inocencia amiga.
Mañana no lo sé; ¡terrible arcano!
Flor que empiezas a ser toda fragancia,
alma todo candor, ¡Dios te bendiga!
|
Amor puro | Manuel José Díaz | 19 | El amor que te brindo, vida mía,
no es amor terrenal, ofrenda impura
que se tributa solo a la hermosura,
que nace y muere como flor de un día;
es Carila una luz que el alma guía
en este inculto erial, mazmorra oscura,
es el néctar que endulza la amargura
que mi apenado corazón sentía;
es el bálsamo suave del consuelo
que derramó el Señor sobre mi frente
para premiar mi afán y mi desvelo;
es el lazo purísimo, luciente,
que unirá nuestras almas en el cielo,
para unidas vivir eternamente.
|
Soneto | Marcelino Menéndez Pelayo | 19 | A ti, de ingenio y luz raudal hirviente,
de las helenas gracias compañera,
de mis cantos daré la flor primera:
cobre hermosura al adornar tu frente.
No de otro modo en bosque floreciente,
rudo y sin desbastar el leño espera,
o el mármol encerrado en la cantera,
el sabio impulso de escultor valiente.
Llega el artista y la materia rinde,
levántase la forma vencedora
del mármol que el cincel taja y escinde:
Corra, en la piedra, de la vida el río:
tú serás el cincel, noble señora,
que labre el mármol del ingenio mío.
|
El río | Joaquín Arcadio Pagaza | 19 | ¡Salve, deidad agreste, claro río,
de mi sueño natal lustre y decoro,
que resbalas magnífico y sonoro
entre brumas y gélido rocío!
Es el blanco nenúfar tu atavío,
tus cuernos de coral, tu barba de oro,
los jilguerillos tu preciado coro,
tu espléndida mansión el bosque umbrío.
Hiedra y labrusca se encaraman blondas
y enlazan por cubrirte en los calores
con campanillas y rizadas frondas;
te dan fragancia las palustres flores;
y al zambullirte, tus cerúleas ondas
ensortijan los cisnes nadadores.
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Los volcanes | José Santos Chocano | 19 | Cada volcán levanta su figura,
cual si de pronto, ante la faz del cielo,
suspendiesen el ángulo de un vuelo
dos dedos invisibles de la altura
La cresta es blanca y como blanca pura:
la entraña hierve en inflamado anhelo;
y sobre el horno aquel contrasta el hielo,
cual sobre una pasión un alma dura.
Los volcanes son túmulos de piedra,
pero a sus pies los valles que florecen
fingen alfombras de irisada yedra;
y por eso, entre campos de colores,
al destacarse en el azul, parecen
cestas volcadas derramando flores.
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Soneto a un sabio | José María Gabriel y Galán | 19 | Tú de la ciencia a la región te alzaste
y sus hondos arcanos descubriste:
Te contemplaste grande y te engreíste;
viste más grande a Dios ¡y lo negaste!
Dios las alas te dio con que volaste
y otros Dios, cual Luzbel, tú le creíste
Para ser de Luzbel ¡cuánto ganaste!
mas para ser de Dios ¡cuánto perdiste!
Dime ¡oh sabio! que buscas con desvelo
la necia palma de la humana gloria
en la mísera vida de este suelo:
¿Cuál será de las dos mayor victoria,
conquistar un aplauso de la Historia
o conquistar la eternidad del cielo?
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Caupolicán | José Santos Chocano | 19 | Ya todos los caiques probaron el madero
-¿Quién falta?- Y la respuesta fue un arrogante: ¡Yo!
-¡Yo!- dijo; y, en la forma de una visión de Homero,
del fondo de los bosques Caupolicán surgió.
Echóse el tronco encima, con ademán ligero,
y estremecerse pudo pero doblarse no
Bajo sus pies, tres días crujir hizo el sendero,
y estuvo andando andando y andando se durmió.
Andando, así, dormido, vio en sueños al verdugo:
él, muerto sobre un tronco; su raza, con el yugo,
inútil todo esfuerzo y el mundo siempre igual.
Por eso, el tercer día de andar por valle y sierra,
el tronco alzó en los aires y lo clavó en la tierra,
¡cómo si el tronco fuese su mismo pedestal!
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A los mártires de Trinidad y Camagüey | Pedro Ángel Castellón | 19 | Gozábase en su cieno el servilismo
cuando el tirano súbito alarmado
trémulo alzóse, se erizó alarmado
cual si viese a sus plantas un abismo
Era que el grito oyó del patriotismo
desde Cascorro y Trinidad lanzado,
heroico grito al firmamento alzado
provocando a combate al despotismo
Víctimas nobles de la inicua España
vengadas quedaréis, que no es delirio
que a nuestros pies el déspota sucumba.
Vuestra la gloria fue de tal hazaña
que es gloriosa la palma del martirio
y la gloria también esté en la tumba
|
Yerros, culpa, fortuna... | Fernando Maristany | 19 | Yerros, culpa, fortuna, amor ardiente;
para mi perdición se conjugaron
Yerros, culpas, fortuna, me sobraron;
me bastaba el amor tan solamente.
Todo murió, mas tengo bien presente
el dolor de las cosas que pasaron,
pues sus hartas frecuencias me enseñaron
a renunciar a cuanto me contente
Erré todo el transcurso de mis años
e hice que la fortuna castigase
mis mal fundadas, locas esperanzas;
del amor sólo vi breves engaños;
¡ay, quien tanta pudiera que quebrase
este mi genio altivo de venganzas!
|
En el mar | Julián del Casal | 19 | Abierta al viento la turgente vela
y las rojas banderas desplegadas,
cruza el barco las ondas azuladas,
dejando atrás fosforescente estela.
El sol, como lumínica rodela,
aparece entre nubes nacaradas,
y el pez, bajo las ondas sosegadas,
como flecha de plata raudo vuela
¿Volveré? ¡Quién los sabe! Me acompaña
por el largo sendero recorrido
la muda soledad del frío polo
¿Qué me importa vivir en tierra extraña
o la patria infeliz en que he nacido,
si en cualquier parte he de encontrarme solo?
|
A un héroe | Julián del Casal | 19 | Como galeón de izadas banderolas
que arrastra de la mar por los eriales
su vientre hinchado de oro y de corales,
con rumbo hacia las playas españolas,
y, al arrojar en áncora en las olas
del puerto ansiado, ve plagas mortales
despoblar los vetustos arrabales,
vacío el muelle y las orillas solas;
así, al tornar de costas extranjeras,
cargado de magnánimas quimeras,
a enardecer tus compañeros bravos,
hallas sólo que luchan sin decoro
espíritus famélicos de oro
imperando entre míseros esclavos
|
Inmaculada | José Santos Chocano | 19 | Tengo una Virgen modelada en cera,
ante la que arde extática mi vida,
cual si fuese una lámpara encendida
que en honor de un amor se consumiera.
Por un rayo lunar de primavera
vino a mí, como el bálsamo a la herida,
esta gótica Virgen desprendida
tal vez de una litúrgica vidriera.
Yo haré que siempre inmaculada brille
la Virgen de la frente taciturna
y los ojos metálicos y tersos;
que, para que ni el aire la mancille,
la tengo -sin tocar- en una urna
hecha con los cristales de mis versos
|
Medieval | Julián del Casal | 19 | Monstruo de piedra, elévase el castillo
rodeado de coposos limoneros,
que sombrean los húmedos senderos,
donde crece aromático el tomillo
Alzadas las cadenas del rastrillo
y enarbolando fúlgidos aceros,
seguido de sus bravos halconeros
va de caza el señor de horca y cuchillo.
Al oír el clamor de las bocinas
bandadas de palomas campesinas
surgen volando de las verdes frondas;
y de los ríos al hendir las brumas
dibujan con las sombras de sus plumas
cruces de nieve en las azules ondas.
|
Tarde antillana | José Santos Chocano | 19 | La tarde se pasea como convaleciente
por el verdor espeso de los cañaverales
Desflécase una lluvia de menudos cristales;
y el paisaje retiembla como a través de un lente.
Las chimeneas rojas de la fábrica ingente
dan la impresión de un barco que espera las señales
para zarpar, y cuyas campanas funerales
de vez en cuando vuélcanse acompasadamente
Tal cual palmera impone contra el cielo su estampa
de abanicos, que luce calado el varillaje
Las nubes fugan Chillan los insectos Escampa
Y un acordeón rústico alarga un danzón vago,
que se disuelve sobre la angustia del paisaje
como un jirón de niebla sobre la paz de un lago.
Renunciamiento Anchura para nuestras miradas
y oración para el duelo de nuestros corazones
Es la hora propicia de las meditaciones,
de los poetas tristes y de las bienamadas
En los cañaverales se oyen chocar espadas;
en las nubes se miran galopar escuadrones;
y las rubias palmeras fingen crin de leones
que sacuden al aire sus cabezas colgadas
¡Oh visión opresora de la muerte del día
sobre el campo! ¡Oh tristeza que difunde lo verde
dilatándose bajo esta parada agonía!
La añoranza imperiosa La esperanza tardía
La emoción que se agranda La extensión que se pierde
Y un murmullo que empieza: -Dios te salve, María
¡Llena eres de gracia, madre Naturaleza!
Tú pones en mis ojos este Edén no perdido;
tú pones las más hondas palabras en mi oído:
tú pones el más alto laurel en mi cabeza
Y desde que en ti acaba todo lo que en mí empieza,
te hago saber ahora lo que de ti he aprendido:
sólo por ti mi verso tiene este buen sentido
de la melancolía bajo la fortaleza
Naturaleza madre: todo mi amor es tuyo
En los cañaverales soy un vivaz cocuyo,
que horada la espesura con un furor cruel
Y en las palmeras sueño con la triunfal entrada
en el corazón mismo de la mujer amada
de besos tropicales más dulces que la miel
El acordeón rústico envuelve en un son lento
y monótono el alma del paisaje sensual:
es un danzón que ondula como una cinta el viento
o como el rizo de una fontana de cristal
La tarde se deshoja, con el recogimiento
de una monja que sueña lejos del bien y el mal,
y la eglógica música aletarga el momento
y circunscribe toda la vida tropical
Acordeón, que tienes vaivenes de resaca:
algo hay en ti que rima con la nerviosa hamaca,
en donde la pereza se mece en blando son
Así, bajo el penacho de familiar palmera,
mientras se va muriendo la tarde, el alma entera
del trópico, parece que rima una canción
|
Soneto | Mariano Álvarez Robles | 19 | Entré a comprar turrón, cuando un zapato
se me quedó enganchado en la cortina;
la confitera con su voz divina
me dijo: «Amigo, le cogió a usté el gato»
«No importa si el turrón lo da barato»
le dije al punto, mas la muy ladina
me replicó, taimada, que en Pechina
tocaban las muchachas el silbato
«Allá voy a partir, trueco el tintero»,
alegre respondí, por la escopeta,
pues pretendo admirar tanto salero.
Al punto que llegué vi una paleta
de aspecto horrible, cara de puchero
y me volví tocando la retreta
|
La lluvia, mi hermana | J. A. Falconi Villagómez | 19 | Siempre la lluvia gris... ¡Qué intensa
pena esta tarde de melancolía!
Su alma en nosotros a la par resuena
como una novia triste en agonía
Y es otras veces una hermana buena
que al oído nos da su letanía,
intermitente entre la paz serena
de alguna noche desolada y fría
¡Oh, la lluvia! Mi hermana confidente
que me vela como a un convaleciente
y en mis labios su breve ósculo imprime.
¡Entre todos el único sincero!
Siempre la lluvia gris Yo sólo quiero
su silenciosa música que oprime
|
Deo volente | Emilio Gutiérrez Gamero | 19 | El rayo de tu esencia poderoso
todo mi ser penetra, y dulcemente
inunda los espacios de mi mente
y la eterna inquietud trueca en reposo
La fiebre del gozar, el insidioso
afán de gloria, la pasión ardiente
que turba los sentidos, la insolente
adoración del «yo», presuntuoso
Ilusiones no más, y al condenarlas
a perpetuo silencio, sólo ansío
que me otorgues virtud para olvidarlas
Y yo las guardaré, callado y frío,
como el alma inmortal debió guardarlas
antes de darle vida el cuerpo mío
|
Sonetos – I | Fernando de Gabriel Ruiz de Apodaca | 19 | Cuando rota en pedazos se mostraba
la unidad de la hispana monarquía
y rota entre sus redes la armonía
segundo Guadalete amenazaba,
De Alcántara, Santiago y Calatrava,
y de Montesa luego, a luz nacía
la sagrada, marcial caballería,
y de nuevo la patria se salvaba.
Cuatro siglos sus lides contemplaron;
De Lasso, Calderón, Quevedo, Ercilla,
sus insignias después el pecho ornaron.
Si en armas como en letras maravilla
su historia, y nuestros tiempos alcanzaron,
¿Quién extinguirlas osará en Castilla?
|
El añil | José Santos Chocano | 19 | Brinda al pintor el índigo cambiantes
con que luce en las sedas y en las flores;
prodigando el azul con los vigores
de ocasos regios como más brillantes
Ya es el añil zafiro entre diamantes,
ya lazo para atar cartas de amores,
ya vestido de tul que entre fulgores
giran en una danza de bacantes
Es en el lago como un brillo apenas:
corre bajo la piel de terciopelo
y se trasluce en perfiladas venas.
Pero nunca es más noble en sus antojos
que cuando, en un pincel, recoge el cielo,
¡y en dos lo parte para hacer dos ojos!
|
A un rico | José María Gabriel y Galán | 19 | ¿Quién te ha dado tu hacienda o tu dinero?
O son el fruto del trabajo honrado,
o el haber que tu padre te ha legado,
o el botín de un ladrón o un usurero.
Si el dinero que das al pordiosero
te lo dio tu sudor, te has sublimado;
si es herencia, ¡cuán bien lo has empleado!
si es un robo, ¿qué das, mal caballero?
Yo he visto a un lobo que, de carne ahíto,
dejó comer los restos de un cabrito
a un perro ruin que presenció su robo.
Deja, ¡oh rico!, comer lo que te sobre,
porque algo más que un perro será un pobre
y tú no querrás ser menos que un lobo.
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El arte | Julián del Casal | 19 | Cuando la vida como fardo inmenso
pesa sobre el espíritu cansado
y ante el último Dios flota quemado
el postrer grano de fragante incienso;
cuando probamos con afán intenso
de todo amargo fruto envenenado
y el hastío con rostro enmascarado
nos sale al paso en el camino extenso;
el alma grande, solitaria y pura,
que la mezquina realidad desdeña,
halla en el arte dichas ignoradas,
como el alción, en fría noche oscura,
asilo busca en la musgosa peña
que inunda el mar azul de olas plateadas
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Un mover de ojos... | Fernando Maristany | 19 | Un mover de ojos tímido y piadoso
sin causa alguna; un reír blando, honesto,
casi forzado; un dulce, humilde gesto,
de cualquier alegría receloso.
Un despejo tranquilo y vergonzoso;
un responder gravísimo y modesto;
una clara bondad, cual manifiesto
indicio de un espíritu gracioso
Un osar apocado; una blandura;
un aire a un tiempo tímido y sereno;
un largo y obediente sufrimiento:
Esta fue la seráfica hermosura
de mi Circe y el mágico veneno
que logró transformar mi pensamiento
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Soneto | Marcelino Menéndez Pelayo | 19 | Ensalce a Laura el amador toscano
en dulce canto y cítara sonora;
el que viva la amó, muerta la llora,
condense en Beatriz saber cristiano
Con noble voz y aliento sobrehumano,
por cuanto baña el mar y Cintio dora;
haga inmortal el nombre de Eliodora
el divino poeta sevillano
Y respondan las ninfas a su acento
con dulce halago y apacible risa,
del Betis en la plácida ribera:
Que al nombre celestial de mi Belisa
al olvido darían su tormento
Dante, Petrarca y el divino Herrera.
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Rubia | José Santos Chocano | 19 | Robó el oro su lustre a tu cabello
y a tu boca el coral su sangre pura;
ostenta el mármol como tú su albura
y el cisne arquea como tú su cuello
En tu sonrisa se estremece el sello
de un beso del amor a la hermosura,
y en tu mirada trémula fulgura
la lucha de una sombra y un destello
Lohengrín te ha soñado como un rubio
querub, envuelto entre flotantes tules,
sobre su cisne blanco, en el Danubio;
y ha visto que halagando sus antojos,
no son tus ojos como el cielo azules,
sino el cielo es azul como tus ojos.
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En la Parasceve | Joaquín Arcadio Pagaza | 19 | Dicen que el Tracio fue tan inspirado
poeta, que al tañer su blanda lira
llevaba en pos de sí (¡dulce mentira!)
la selva, el arroyuelo y el collado
¡Vate, no tú, por vates sublimado!
Aquel cisne divino cuando expira
el sí, por más que el báratro conspira,
se atrajo el universo consternado
Al resonar su postrimer acento,
despierta el mar y airado se incorpora
enviando a las estrellas su lamento;
el Infierno sus pérdidas deplora;
treme la Tierra en su hondo firmamento,
y en luto el cielo con los astros llora.
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A la distinguida señorita mexicana Laura Mariscal | Esther Lucila Vázquez | 19 | Hay en el palpitar de la enramada,
al suave soplo de la brisa leda,
el deslumbrante brillo de la seda
por los rayos del sol iluminada
Y la luz al filtrarse tamizada
por la tupida red de la arboleda,
sus mallas de oro en el follaje enreda
y tiembla en la sombrosa encrucijada
Es la tarde con cárdenos reflejos
el verde bronce del ramaje enciende
y la corteza de los troncos dora.
Y al ir desvaneciéndose a lo lejos,
la llama por los árboles asciende
y al fin en Occidente se evapora.
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Soneto | Marcelino Menéndez Pelayo | 19 | ¡Salve, titán de la cerúlea frente,
sobre el materno piélago dormido;
de tu férrea garganta amo el rugido,
amo la espuma de tu faz hirviente!
A tus arrullos despertó mi mente,
mi primer llanto resonó en tu oído,
eduqué con tu indómito alarido
mi brava condición y ánimo ardiente
Mas ni el fragor de tus tormentas calma
esta pasión que vencedora rige
mi fe, mi corazón y mi albedrío,
ni darán tus sonrisas paz al alma,
hasta que en ti sus claros ojos fije
la eterna luz del pensamiento mío.
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Soneto | Antonio de Trueba | 19 | Véndese en muchas tiendas como bueno,
en vez de vino, tinta de campeche,
agua con almidón, en vez de leche,
en vez de pan, engrudo de centeno,
en vez de chocolate o café, cieno;
en vez de liebre que a uno le aproveche,
gato con que uno hasta las tripas eche,
y en vez de amor, o cosa sí, veneno.
Si a la voz del deber hay almas sordas
y no es razón que al público se mate
con celadas que no usan ni las sordas
de taparrabo y tez de chocolate,
póngase en cada tienda en letras gordas:
¡Lasciate ogni speranza, voi che entrate!
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El amor de don Juan | Emilio Lascano Tegui | 19 | Mi amor es como el agua; de las formas no sabe,
mi amor es como arcilla, a toda mano blanda,
mi amor es un bohemio que en el mundo no cabe,
mi amor es un judío muy pálido, que anda.
Por todos los caminos mi dolor voy sembrando,
me empeño en dar quimeras como un doncel de ensueño,
y en este devaneo yo sé, pues voy llorando,
que pierdo el polvo de oro de que me supe dueño.
Siempre el lance del fauno, siempre el amor que pasa
llevando las cenizas, animando la brasa
y haciendo, alma, el camino de rosas doloroso
¿Dónde estará la amada, esa paloma herida?
¿Dónde estará el albergue de esta noche florida,
amor que tienes canas y no tienes reposo?
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En el entierro de Fernández y González | Vicente Colorado | 19 | ¡Buen viaje, maestro, buen viaje!
¡quién te ha visto a no ser en este día
seguido de tan noble compañía
con escolta de a pie, y a ti en carruaje!
No llevas tras de ti mal equipaje:
¡cuánta ilustre y soberbia medianía!
contigo comparados, todavía
algunos te aventajan en el traje.
Todos ellos llegaron a la meta,
y son ricos, y están en candelero,
y el mundo les admira y les respeta:
y tú, entre todos ellos el primero,
engreído con ser un gran poeta,
has muerto como muere un pordiosero.
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La luz y la sombra | José Selgas y Carrasco | 19 | La tarde triste por la cumbre asciende,
y el rojo manto de vapor despliega
del alto monte a la tendida vega;
el aire mudo su quietud suspende;
el cielo en vago resplandor se enciende,
que hasta el confín del horizonte llega;
se apaga el sol mientras la sombra ciega
las negras las por el valle tiende
La luz exclama: Con tenaz porfía
en pos me sigues; mas tu negro manto
rasgará el fuego que en mis ojos arde,
que soy la luz, la vida y la alegría
Yo soy la oscuridad, el luto, el llanto,
dijo la sombra, y expiró la tarde.
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Fin de siècle | Juan Tejón Rodríguez | 19 | En cafés, en teatros y hasta en misa
la enferma sociedad se agita y miente,
oculta su pensar gozo aparente,
disfraza sus afanes la sonrisa.
Es su marca de fábrica o divisa
«Moralidad» impresa en cada frente,
y la soberbia márcala en su ambiente
y la ambición la impele a toda prisa.
Bacterias psicológicas letales
son la astucia, la envidia, la impureza
multiplicando en su organismo males
Y como el corcho oprime la cerveza,
conveniencias hipócritas sociales
taponan hoy del hombre la cabeza
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Los niños de Écija | José Selgas y Carrasco | 19 | Juntos formaron la infantil gavilla
que ya en una, ya en otra encrucijada,
impuso su poder a mano armada,
haciendo de lo ajeno pacotilla
De Écija fue terror y maravilla,
miedo y vergüenza de la gente honrada,
y en los anales de la vida airada
honor de los ladrones en cuadrilla
Con medios mucho más perfeccionados,
porque el progreso va con las edades,
ya tanta fama ni a la envidia inquieta.
Niños de Écija... ayer; que hoy bien juzgado
en caminos, en pueblos y en ciudades,
sólo pudieran ser niños de teta.
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A Galatea | Jacinto Labaila | 19 | Llena mi corazón de tus amores
la imagen inmortal y en mi cabeza
de la gloria la fúlgida belleza
levanta pensamientos bullidores
El amor y la gloria son las flores
más lindas que creó naturaleza,
y el mortal que a aspirar su aroma empieza,
vive siempre aspirando sus olores.
Por la gloria poética me afano;
ella en mil ilusiones eslabona
las ideas que asaltan en mi mente
¡Si alcanzara el laurel! ¡Ah, fuera en vano!
¡Qué importa alcanzar una corona
si el mundo nunca la verá en tu frente!
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Nuestro deber | José Peris y Pascual | 19 | Hoy, que Virtud y Fe desprecia el mundo,
y al vicio y al error levanta altares,
y enloquecido en báquicos cantares,
cielo y tierra amenaza furibundo.
Leche del mal contra el torrente inmundo
quien anhele la paz de los hogares,
quien ame instituciones seculares,
quien sienta a la impiedad odio profundo
¡Luchemos! Sin combate no hay victoria;
prospera el mal, cuando reposa el bueno;
ni puede el ocio dar frutos de gloria.
De males siempre el mundo estuvo lleno;
mas nunca fue bendita la memoria
del que sufrió del vicio el desenfreno
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En la aldea | Francisco Lles | 19 | Los tordos han cantado en la espesura:
se funde en la quietud de la pradera
un manzano, borbota, en la ribera
del bosque, un agua cristalina y pura
Enfloran los castaños en la altura
del coto vecinal La carretera
como cinta de nieve, reverbera
en medio del verdor de la llanura
El campanario secular adquiere,
bajo su capa de tupida hiedra,
un dejo de tenaz melancolía;
y en la paz del crepúsculo que muere
cierra sus ojos de hormigón y piedra
cansados de observar la lejanía
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Soneto | León María Carbonero y Sol | 19 | ¡Oh vana, oh loca, oh atrevida vida
del hombre ciego que en prestado estado
vive muriendo desterrado, errado,
su gloria luego que es venida ida
El alma noble aunque oprimida mida
con sus obras aquel sagrado grado
que hará dichoso al desdichado hado
y a Dios que en su piedad no impida pida
Si al que navega tan estrecho trecho,
mar cuyo viento desengaña engaña
y juzga que su puerto es tierra yerra.
Pague a la muerte sin despecho pecho,
que nunca al justo su guadaña daña,
pues que del cielo la destierra es tierra.
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Ecos | José de Velilla | 19 | Con lágrimas ardientes, niña mía,
de mis venturas las memorias riego,
entre cenizas apagado el fuego
que en otras horas por mi bien ardía
Trocadas la ilusión y la alegría,
mi corazón enamorado y ciego,
en triste paz, en lánguido sosiego,
no volverá a latir como solía
¡Y pides hoy para adornar tu palma,
un eco de mi lira desprendido!
¡Oh, deja, deja que repose en calma!
A tu súplica, al fin, ha respondido:
respondió con el eco de mi alma,
y el eco de mi alma es un gemido.
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El poeta y el vulgo | Eusebio Lillo | 19 | Al altanero y encumbrado pino
díjole un día la rastrera grama:
-¿Por qué tan orgulloso alzas tu rama
cuando no alfombras como yo el camino?
Y él respondió: -Yo doy al peregrino
sombra, cuando su luz el sol derrama,
y cobijo las flores cuando brama
el ronco y desatado torbellino
Así el vulgo al poeta gritó un día:
-¿Por qué miráis indiferente el suelo?
¿Qué hacéis? ¿Quién sois? - Y el bardo respondía:
-Soy más que tú porque tal vez recelo
que sólo de mi canto a la armonía
comprendes que hay un Dios y que hay un cielo
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Nombre rutilante | Joaquín V. Cataneo | 19 | Está listo el canal Ya los océanos
se estrechan con ardiente paroxismo
Cortado en dos mitades ved el Istmo,
vencido, tras esfuerzos sobrehumanos
Ese tajo brutal donde mil manos
hurgaron con frenético heroísmo,
es -¿quién sabe?- la fauce de un abismo
que oculta pavoroso cien arcanos
«¡Panamá!», grita, en tonos delirantes,
la audaz falange de los traficantes,
hartándose del oro que vislumbra.
A Cipango sus naves ponen proa
e ignoran que sus ruta les alumbra
un nombre: ¡Vasco Núñez de Balboa!
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Yo no lo sé | Juan J. Geada | 19 | Yo no lo sé Me han dicho que te mueres
enferma de un dolor desconocido;
y que a la Ciencia un imposible res,
que no halla en tu dolor nada aprendido.
Que de todo te aburres al momento
Y que el piano te hastía; y te sofoca
la lectura y el canto, que el contento
jamás lleva sonrisas a tu boca
Que no puedes vivir Constantemente
recorres las estancias, indolente,
como buscando en el andar consuelo.
Y que después, cansada y abatida,
cual queriendo pasar, a la otra vida,
dices mi nombre, suspirando, al cielo.
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Caminos de la sierra | María Alicia Domínguez | 19 | Caminos de la sierra, álamo fresco,
voy dejando mi pena en cada espina
Si un árbol mustio fui, ya reverdezco
y me abro al sol con emoción prístina.
Sorbí agriso jugos de la tierra y crezco
De mi propia alma, fluye cristalina
esta ansiedad de amor, con que me ofrezco
al surco, al viento, en comunión divina
Está el aire dorado, azul el cielo
Sobre los montes flota el glauco velo
de la neblina que a la luz se irisa.
Y entre la paz, que en un sopor me envuelve,
un eco del recuerdo que a mí vuelve
rojea, como brasa entre ceniza.
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Una corona, no, dadme una rama | Carolina Coronado | 19 | Una corona, no, dadme una rama
del adelfa del Gévora querido,
y mi genio, si hay genio, habrá obtenido
un galardón más grato que la fama
No importa al porvenir cómo se llama
la que el mundo decís que dio al olvido;
de mi patria en el alma está escondido
ese nombre, que aún vive, sufre y ama
Os oigo desde aquí, desde aquí os veo,
y de vosotros hablo con las olas,
que me dicen con lenguas españolas
vuestro afán, vuestra fe, vuestro deseo,
y siento que mi espíritu es más fuerte
en esta vida que os parece muerte
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Cuando con disimulo... | Manuel Justo de Rubalcava | 19 | Cuando con disimulo y con engaños
del mérito amoroso me desnudas,
entonces con mayor fuerza me ayudas
a ofrecerte mis días y mis años
Cuando arrostro a las penas y los daños,
y aun contra las saetas más agudas,
el amor que te tengo tú lo dudas,
y sábenlo, Roselia, los extraños.
Todos dicen que te amo, y que delira
mi fino corazón, pues es constante
el amor que te tengo reiterado
Tan sólo para ti digo mentira,
¿y es posible, Roselia, que tu amante
logre no ser creído, siendo amado?
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Elogio del poeta | Félix Etchegoyen | 19 | Cantor de la belleza y la justicia
en una edad prosaica y sin sentido,
adorador eterno de Cupido
cuando culto se rinde a la avaricia.
Tu musa es para el vulgo una estulticia,
porque eunuco jamás ha comprendido
el parto de la idea dolorido
ni de la Gloria la inmortal caricia
Fuiste en Grecia y en Roma omnipotente,
trovador en el claro Mediodía;
del siglo diez y ocho, verbo ardiente.
Hogaño que está el mundo en agonía,
pulsa tu lira y con cantar vidente
señala al hombre su extraviada vía.
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Sellos hispanos – La Armería Real | Manuel Serafín Pichardo y Peralta | 19 | Museo de Marte, en tu recinto guardas
la historia en hierro de nación violenta,
cuyas hazañas más famosas cuenta
en morteros, mosquetes y alabardas.
Hoja y cañón de alfanjes y espingardas,
el orín otra vez los ensangrienta,
y tu amplio muro, envanecido, ostenta
ricas presas de flámulas gallardas
Y en tus combas y férreas armaduras,
en que el metal conserva el ceño fiero,
aun se sienten latir, torvas y duras,
como de un pueblo el hálito inextinto,
bajo la escama rígida de acero,
las almas de Felipe y Carlos Quinto.
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El rosario | Enrique Menéndez Pelayo | 19 | El altar de la Virgen se ilumina
y ante él de hinojos, la devota gente
su plegaria deshoja lentamente
en la inefable calma vespertina
Rítmica, mansa, la oración camina
con la dulce cadencia persistente
con que deshace el surtidor la fuente,
con que la brisa la hojarasca inclina.
Tú, que esta amable devoción supones
monótona y cansada, y no la rezas,
porque siempre repite iguales sones,
tú no entiendes de amores ni tristezas:
¿qué pobre se cansó de pedir dones?
¿Qué enamorado de decir ternezas?
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Samaritana | Ignacio Zaldívar | 19 | Libre soy; mas dichoso cambiaría
esta mi libertad por tus cadenas
¡Oh, de tus manos dulces y morenas
la adorable y eterna tiranía!
Si yo tu esclavo fuese, te daría
todas mis horas, de tu imagen llenas,
toda la ardiente sangre de mis venas
y si pidiese más más todavía
Samaritana: el agua que yo quiero
entre las rosas de tus labios mana,
y es Dios el que te puso en mi sendero.
Ayer te amé; hoy te adoro; y si mañana
ves que, sediento de tu amor, me muero,
¿me darás de beber, Samaritana?
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Al distinguido aeronauta Mr. A. Boudrias de Morat, | Enrique Gronlier | 19 | Alzose el genio y con serena frente
surca valiente la región vacía,
y el cielo alegre de la patria mía
derrama flores con placer vehemente
Y es solo Morat, astro fulgente
que en ciencia brilla como en claro día,
y un rayo de luz el sol le envía
formando mole de carmín luciente
Viajero sin igual, tuya es la gloria
que Minerva te da con fe sincera;
empuña el pabellón de tal victoria
que cante Cuba con su ley primera,
y en los blasones que te de la historia
el águila tendrás, rey de la esfera.
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Tres cruces – Leónidas | Justo Sierra | 19 | Murieron, su deber quedó cumplido;
mas del paso del bárbaro monarca
guardaron las Termópilas la marca
clavando en una cruz al gran vencido
Cadáver que bien pronto ha repartido
a jirones el viento en la comarca
y en cuy pecho roto por la Parca
el águila del Etna hace su nido
La sangre de Leonidas gotea
en la urna de bronce de la historia,
a todo pueblo en lucha por su idea
ungirá con el crisma de la gloria,
como a Esparta en el día de Platea
al compás del pedal de la victoria.
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Dos amores | Manuel del Palacio | 19 | Te amé cuando en la senda de la vida
flores no más holladas con tu planta;
te vuelvo a amar en esta que te encanta
edad de sueños para mí perdida
No es el amor que a la virtud mentida
himnos de gloria y de ventura canta,
ni la pasión consoladora y santa
al dulce soplo de la fe nacida
Es ese afán que en su entusiasmo loco
funde lo deleznable con lo eterno,
que trueca en oro la mundana escoria,
que hasta su misma dicha tiene en poco,
y que si un dolor copia del infierno,
da en un placer la imagen de la gloria.
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Al Excmo. Señor Marqués de Cabrijana, insigne poeta | José Lamarque de Novoa | 19 | Codicia el vulgo, de brillar sediento,
el mundano poder y la riqueza,
dones que desparecen con presteza
cual niebla leve que arrebata el viento
De la santa virtud y del talento,
que al hombre ofrecen perennal grandeza,
el noble, el sabio a la suprema alteza
aspiran sólo, con sublime aliento
Así, tú, caro amigo, que comprendes
cuán vanas son las dichas mundanales,
en la llama del bien tu pecho enciendes:
Y del genio en las alas celestiales
al templo augusto del saber asciendes,
alcanzando laureles inmortales
|
A Julio | Nicolás Arnao | 19 | Sólo por complacerte es que recito
entre las densas brumas del pasado,
este recuerdo tétrico y helado
que a tu instancia tan sólo resucito
Lo doy por concluido, aunque te invito
a charlar del rumor del arbolado,
de la tierra avecilla en el sembrado,
y en el espacio azul, del infinito
Recorrer quiero en el abrupto monte
bajo mi planta el rústico paisaje,
reclinar la mirada al horizonte
sobre el andar ligero de un celaje
Para así distraer en el vacío
suelta la mente en plácido albedrío
|
La primavera | Gabriel García Tassara | 19 | ¡Oh campos!, ¡oh deleite!, ¡oh hermosura!
¡Oh rica aurora en rosicler y gualda!
¡Oh flores que en balsámica guirnalda
os derramáis por la feraz llanura!
¡Oh bosques de prolífica espesura
que de los montes recamáis la espalda!
¡Oh vivas auras que de falda en falda
la fragancia lleváis y la frescura!
¡Oh hermoso río que el genial tesoro
dilatas por la espléndida ribera,
fluctuante espejo del naciente día!
¡Oh claro cielo de amaranto y oro!
¡Oh mañana del año! ¡Oh primavera!
¡Oh alma esposa del sol! ¡Oh Andalucía!
Cumbres de Guadarrama y de Fuenfría,
columnas de la tierra castellana
que por las nieves y los hielos cana
la frente alzáis, con altivez sombría
Campos desnudos como el alma mía
que ni la flor ni el árbol engalana;
ceñudos al nacer de la mañana,
ceñudos al morir el breve día
Al fin os vuelvo a ver, tras larga era;
os vuelvo a ver con el latido interno
del patrio amor que, vivo, persevera
Para mí y para vos llegó el invierno
Para vos tornará la primavera,
mas mi invierno, ay de mí, será ya eterno
|
En mi retrato | Rudolfo Figueroa | 19 | Tez de América y ojos del oriente,
bozo de seda, labios abultados,
y cabellos oscuros, hacinados
como un crespón sobre la tersa frente.
He aquí la juventud resplandeciente
con sus sueños de gloria acariciados
por los primeros lauros conquistados
a despecho del mundo indiferente
Pero allá, tras un vuelo imperceptible,
la sombra de los íntimos dolores
que nacen del amor a lo imposible
Reflejos de tormentos interiores,
y esa amargura inmensa, indefinible,
de que halló espinas en lugar de flores.
|
A puro lomos | Nicolás Arnao | 19 | Lauros eternos, clásicos autores,
os saludo por buena referencia;
al suponer que a cuestas con la ciencia
vais más cargados con admiradores.
Silenciosos cual sordos oidores
soportaréis la acerba impenitencia
haciéndole sesuda reverencia
a los que gastan sesos por favores
Yo, en vista y fe del paternal suplicio,
con que os abruman serios mayordomos,
por vuestro amor prefiero el sacrificio
de cargar mi cosecha a puros lomos,
antes que rabiatarme de cencerros
y en jamelgo prestado subir cerros.
|
Soneto | Manuel Villar y Macías | 19 | Morir ¡ay Dios! cuando en el noble foro
la Justicia sus palmas te ofrecía,
y a tu elocuencia varonil abría
la ley severa su inmortal tesoro
Y cuando el crimen vergonzoso lloro
tu poderosa voz verte hacía,
y la hollada inocencia sonreía
al recobrar por ti su alto decoro
Abrasaba tu rápida existencia
sed de justicia, sed devoradora;
y ¡oh inescrutable y santa Providencia!
Hoy el sol de Justicia eterno dora
el cielo para ti, y a su presencia
tu alma feliz estática le adora
|
Templanza | Manuel del Palacio | 19 | Más que la mesa de manjares llena
y el vino de los odres derramado,
placen a todo espíritu elevado
el goce honesto y la palabra amena
De la razón que el apetito enfrena
se burlan el demente y el malvado;
sólo vive feliz y muere honrado
quien en la suya manda y en la ajena
Nada hay que el mar en su fiereza imite;
cuando sus olas irritado lanza
mas parece Medusa que Anfitrite;
pero le ponen dique y ya no avanza
¿Cuál será el hombre que su mal no evite
si es dique de la gula la templanza?
|
Soneto | Mercedes de Velilla Rodríguez | 19 | Mírame tú; que si dolor impío
rasga mi corazón con mano dura,
como el rayo de sol la niebla oscura,
disipa tu mirada el dolor mío
Mírame tú, porque la muerte ansío
cuando alcanzar no pueda esa ventura:
si no me alumbra el sol de tu hermosura,
mi vida es un desierto muy sombrío
Mírame tú; que son de mis enojos
tus miradas dulcísimos consuelo,
flores que nacen donde miro abrojos
Mírame tú; que en mi amoroso anhelo,
viendo la luz de tus azules ojos,
pienso mirar el resplandor del cielo.
|
Al dolor – I | Gaspar Núñez de Arce | 19 | Tú nos recoges al nacer, y en vano
es luchar contra ti Nunca vencido,
la vida universal siempre ha gemido
sujeta la férreo yugo de tu mano
¡Ah!, si en la inmensidad tu soberano
poder, sobreponiéndose al olvido,
el llanto condensase que ha vertido
desde su origen el linaje humano;
si la lóbrega nube reventara
y bajo su espantosa pesadumbre
en lluvia torrencial se desatara,
tocando el mundo en su postrero día,
el diluvio de lágrimas, la cumbre
de los más altos montes cubriría
|
El tiempo | Manuel Justo de Rubalcava | 19 | El tiempo, que con tiempo no he mirado,
el tiempo es vengador de mi apatía,
bien me castiga el tiempo la porfía
de haberme con el tiempo descuidado
Vime en un tiempo en tan feliz estado
que al tiempo en tiempo alguno le temía,
mas no espero ya tiempo de alegría
pues el tiempo sin tiempo me ha dejado.
Pasaron horas, tiempos y momentos
en que pude del tiempo aprovecharme
para evitar en tiempo mis tormentos;
y pues del tiempo quise confiarme
teniendo el tiempo varios movimientos,
yo de mí, no del tiempo he de quejarme
|
Primavera | Mercedes de Velilla Rodríguez | 19 | Huye el invierno: a tu sonrisa pura
nacen las mariposas y las flores;
los pájaros, tus dulces trovadores,
celebran en la fronda tu hermosura.
Los campos con su verde vestidura
del labrador compensan los sudores,
y en tus brillantes galas, sus amores,
sus glorias, simboliza la criatura
Desde el átomo al ser tu influjo alcanza,
y a tus dones la tierra, agradecida,
himnos de honor a los espacios lanza.
Nos dejas, por consuelo, en la partida,
y en señal de retorno, la esperanza,
¡supremo bien de la afanosa vida!
|
En el segundo centenario de D. Pedro Calderón de la Barca – XI | Numa Pompilio Llona | 19 | De tu espíritu múltiple y fecundo,
-lumbre creatriz, intelectual Proteo-,
brotar la estirpe, más grandiosa, veo
de cuantos genios ha admirado el mundo:
Cipriano, como un FAUSTO más profundo,
vence a la Duda en choque giganteo;
a HAMLET y CRIN y PROMETEO
en sí resume el fiero Segismundo.
Tu audaz Eusebio, en su siniestro tipo,
los rasgos muestra de un consciente Edipo
y de un DON JUAN y CARLOS MOOR gigantes
y fueras tú el mayor de los pintores,
si, emulando tus gráficos colores,
no se elevara junto a ti ¡CERVANTES!
|
Sin esperanza | Manuel del Palacio | 19 | Como van hacia el mar precipitadas
las aguas del torrente rumorosas,
atropellando las humildes rosas
que a su cauce crecieron asomadas,
así mi corazón y mis miradas
fueron, amante aquel y estas ansiosas,
al mar que les copiaron engañosas
tus pupilas profundas y rasgadas
Hoy, bebiendo en sus olas la amargura,
por sus fieras corrientes absorbida
navega el alma en la tiniebla oscura,
sin que le den consuelo en su caída
la inocencia, la paz y la ventura,
que atropelló el torrente de mi vida
|
Al sol | Rafael María Baralt | 19 | Mares de luz, ¡oh sol!, en la alta esfera
derrama triunfador tu carro de oro
y la vencida luna con desdoro
su antorcha apaga ante su inmensa hoguera.
Y el águila de rayos altanera
hasta el cielo a buscar va su tesoro;
y esparce al viento su cantar sonoro
del umbroso pensil ave parlera
Y la tierra y el mar y el claro cielo
penetrados por ti hierven de amores
cual de su esposo al fecundante anhelo
¿Quién la lumbre te da? ¿Quién los ardores?
El ser a quien tu luz, que nos asombra,
es fuego sin calor, es mancha, es sombra.
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A unos pies | Jacinto Labaila | 19 | Me parecen tus pies, cuando diviso
que la falda traspasan y bordean,
dos niños que traviesos juguetean
en el mismo dintel del Paraíso
Quiso el amor y mi fortuna quiso
que ellos el fiel de mi balanza sean:
de pronto, cuando salen, me recrean;
cuando se van me afligen de improviso
¡Oh pies idolatrados! ¡Yo os imploro!
Y, pues sabéis mover todo el palacio
por quien el alma enamorada gime,
traed a mi regazo mi tesoro
y yo os aliviaré por largo espacio
del riquísimo peso que os oprime
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Una noche en el Coliseo | Manuel del Palacio | 19 | Solo en la arena estoy; ¡a mí, lictores!
Augusto Emperador, te desafío:
El Dios de los cristianos es el mío,
y tu poder desprecio y tus furores.
Cérquenme ya los tigres bramadores,
que quiero en ellos ensayar mi brío,
y una vez más el holocausto impío
ofrece en el altar de tus errores
Aun en la arena estoy, reposo mudo,
fatídico silencio, quietud santa,
indecible terror hallo do quiera;
nadie responde a mi lenguaje rudo:
¡Sólo una cruz al cielo se levanta,
donde la luna inmóvil reverbera!
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Sonetos íntimos | Mercedes de Velilla Rodríguez | 19 | Lira infeliz en que en pasados tiempos
mi esperanza y mi afán canté dichosa,
y halagüeña a mis sienes ofreciste
tal vez del genio la inmortal corona,
adiós, adiós; a mi existencia unida,
sufre también la suerte que me toca
Adiós por siempre, juventud que huyes,
noble ambición, imágenes hermosas,
que acaso vi, mi frente coronando
con un laurel de inmarcesibles hojas;
esperanzas de un bien, dichas inmensas,
¡ay! tan inmensa como fuisteis cortas,
quedad todas adiós... ¿Y habéis podido
sin que muriera yo, morir vosotras?
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A la alegría | Indalecio San Román | 19 | Vida del alma, saludable encanto
que de mi juventud la gloria fuiste
¿por qué me abandonaste? ¿por qué huiste?
¿por qué dejaste al que te quiso tanto?
¡Dejarme y para siempre! a tal quebranto
¿qué daños o qué ofensas recibiste?
¿por qué en tu propio ser no me absorbiste
como hoy mi corazón absorbe el llanto?
Mas ya comprendo: fue mi fantasía
engendro de este amor que creí eterno
pensando que jamás se acabaría.
Pero tú buscas juventud, no invierno;
sueño ha sido mi amor, dulce alegría,
y viejo al despertar hallé el infierno.
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Soneto | Plácido | 19 | Densa nube que arroja escarcha fría,
rayos aborta que al mortal espantan:
de las tumbas los muertos se levantan,
treme la tierra y se oscurece el día.
La crespas olas de la mar sombría
cabe las duras rocas se quebrantan,
ni el río corre, ni las aves cantan,
ni el sol su luz al universo envía:
Cuando en el monte Gólgota sagrado
dice el Dios-hombre con dolor profundo:
«cúmplase padre, en mí, vuestro mandato».
Y a la rabia de un pueblo furibundo,
inocente, sangriento y enclavado,
muere en la cruz el Salvador del mundo.
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Idilio salvaje – III | Manuel José Othón | 19 | Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba;
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minado por horrendo tajo
Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto, de la roca viva;
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda, ni un atajo
Asoladora atmósfera candente,
donde se incrustan las águilas serenas,
como clavos que se hunden lentamente.
Silencio, lobreguez, pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el galope triunfal de los berrendos
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A don Mariano de Casos | Juan Antonio Barral | 19 | «Tú niegas que el soneto fácil es,
y aun afirmas que nunca los harás;
no puedo concedértelo jamás,
porque los hago yo en un dos por tres.
Y como aquí no miento, porque ves
que dejándote voy versos atrás
y aumentando a los hechos otros más,
la razón es preciso que me des
¿Me concedes que tengo alguna vis?
Pues si no lo concedes, ¡voto a bríos,
que ya tu confesión está en un tris!
Porque sólo me faltan versos dos,
que para un númen son grano de anís,
y el soneto acabé: Mariano, adiós »
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Como tú | Juan Martínez Nacarino | 19 | Juntó nuestras dos almas de tal suerte
aquel inmenso amor que nos unía
que Dios solo entre sí las distinguía:
¡así fue nuestra unión de íntima y fuerte!
Pero la Muerte mísera no advierte
cuál es el alma tuya y cuál la mía,
¡y juntos padecimos la agonía,
y de un golpe a los dos mató la Muerte!
Verdad que yo, que te adoraba tanto
amortajé después tu cuerpo yerto
y te enterré, ay de mí, bañado en llanto!
Pero para mí el mundo es un desierto
y a mí nadie me lleva al Camposanto,
¡aunque también estoy, como tú muerto!
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A Carmen | Rafael M. Martín Fernández Neda | 19 | Gozo tanto en mirarte, que me olvido
de lo mucho que sufro con no verte,
y vivo con tu vida de tal suerte
que me figuro que antes no he vivido
Tu amor el rayo fulgurante ha sido
que dio aliento vital al pecho inerte:
el ángel eres que arrancó a la muerte
la vaga sombra de mi bien perdido
No hay un solo recuerdo en mi memoria
que no te pertenezca; un pensamiento
que tú no inspires, y te adoro tanto,
que no envidio la dicha de la Gloria
mientras guarde la fe de un juramento
que por ser de tus labios es tan santo
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Pie | Manuel José Othón | 19 | Ancas de rana en son de batahola
van del sijú al pulso en la torcaza
Cuatro hijos en cruz de calabaza
perfilando la güira cimarrona.
El caimito dorado, si la loma
empercude de cundiamor su falda
La rabiche midiéndose en el gualda
del conuco sembrado fuera de hora.
Allá lejos la alzada de un bohío;
aquí cerca la sombra de un guajiro
en la rama que esconde el boniato.
Y un cebú que padrea a cada rato
La gallina pujando su postura
Una mata con rayo, que perdura.
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¡Anhelo!... ¡anhelo! | Juan Ortega | 19 | ¿Anhelo! ¡Caro anhelo! No hay un día
que no vengas torturas a traerme
y a despertar el ruiseñor que duerme
en el jardín azul del alma mía
No vengas a aumentar mi fantasía
ni en vanas ilusiones a mecerme;
deja que pase mi existencia inerme
Anhelo, no exacerbes mi agonía.
Que es maldición que -nuevo Prometeo-
al Caúcaso fatal de mi deseo
encadenado viva, y mis entrañas,
-nidal de mis románticos lirismos-
haciendo su festín en los abismos,
las devoren los buitres y alimañas.
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